domingo, 29 de julio de 2018

"DIOS DA, DIOS QUITA"


La experiencia mía y de seres queridos me ha dado la certeza que nunca podemos estar seguros de nada. ¿Les ha tocado aceptar alguna vez que aquello que nos llena de satisfacción y felicidad no suele ser eterno? Me refiero a que hoy puedes gozar de espléndida salud, prosperidad, amor, una vida deseada, la educación anhelada y de pronto…la nada. Todo llega junto, cuando lo bueno se presenta es como un engranaje, todo marcha de maravilla y es el momento en que nos sentimos plenos, sentimos que nada malo nos puede pasar, somos dueños de todo, nuestro estado de ánimo suele ser por lo general muy plácido, ya que el presente es inefable, y a pesar de todas esas maravillas no olvidamos agradecer por nuestras bendiciones. Pero, para algunos, a pesar de las diarias oraciones y bendiciones, de repente todo aquello que forjó se viene abajo, el trabajo, el amor, la salud y parece una burda broma de Dios y del destino que aquel bienestar nos sea arrebatado. Y es tan raro que cosas malas nos ocurran aun siendo agradecidos y no comprendemos por qué ocurren en nuestras vidas acontecimientos que creemos no merecer.

Los ladrones, llamemos a estos, los simples ladronzuelos de barrio, que te acorralan y te quitan aquello por lo que trabajaste y ahorraste, llamemos ladrona a aquella enfermedad que te quita la energía, la vitalidad, llamemos ladrones al tedio y a la costumbre en tu matrimonio, o a la soledad que te roba la esperanza y a pesar de todos estos usurpadores de tu felicidad, tú no dejas de alabar y dar gracias. Sin Dios no es fácil aceptar que las cosas de tus manos se vayan, pues casi siempre olvidamos que “Él es quien hace la herida y la venda, el que hiere y la cura con su mano” Job 5, 17-18

¿Cómo puede ser posible que el esfuerzo de mi trabajo alguien que se droga me lo arrebate o que absurdamente pierdas la billetera con el dinero dentro o que prestes tu firma para una garantía y te defrauden? ¿Cómo puede ser posible que tus manos alaben, hagan música para Dios, ésta sea tu sustento, trabajes en ello, eduques a generaciones y en tu madurez estas tiemblen al son del Parkinson y no te dejen continuar trabajando en lo que más amas?, sin embargo, sigues alabando y sigues dando gracias. ¿Cómo es posible que aquel matrimonio de tantos años se venga abajo, porque uno de ellos del otro está cansado? Y a pesar de ello, el que se queda, el que más ama, sigue bendiciendo y alabando. ¿Cómo es posible que, en vez de frustración y desesperación, en tu corazón haya esperanza? 


Y es entonces que viene a mi mente, Job. Él, mi héroe de la Biblia con su emblemática frase: “Dios da, Dios quita” y es ahí que con su ejemplo aún en la tristeza por lo perdido, en la incomprensión de la pérdida, nuestras manos sigan alabando, orando, bendiciendo y dando gracias, no sólo por lo material que se ha ido, por la salud que se pudo haber quebrantado o por la soledad que se ha quedado. Aprendemos a bendecir cada cosa o persona que hemos perdido, porque también perder es bendición, también perder es riqueza si tienes la convicción que Dios tiene todo bajo control,.

Dios da, Dios quita…amén Señor.

“Una esperanza guarda el árbol: si es cortado, aún puede retoñar, y no dejará de echar renuevos” (Job 14, 7)



martes, 5 de junio de 2018

“MAESTROS, LEYES, ESTUDIANTES, PANDILLAS”



“La violencia escolar quebranta la autoridad docente en el aula”

Este es el título del artículo de un diario del país, lo leo y me doy cuenta de cuánto ha cambiado la sociedad en sí. Cuando era niña, el maestro era un ser intocable, hasta cierto punto venerable, como en todo tiempo hubo maestros maravillosos, otros no tanto y otros terribles. Esos maestros que te levantaban el espíritu y te hacían volar en sueños que, con el tiempo los lograste realizar. También existieron aquellos que te dijeron que nunca podrías, que no lo lograrías, pero acrecentaron tu valentía y con el tiempo los lograste alcanzar y superar. Los maestros de antes nos mantenían a raya, eran tan dulces o severos como lo podrían ser nuestros padres. En nuestras familias se inculcaba el respeto no sólo al maestro, sino al adulto en general. Hoy por hoy, el derecho que tienen los niños y adolescentes a expresarse es envidiable, nosotros no teníamos ese privilegio, sin embargo es un privilegio que se nos fue de las manos. Un padre ya no tiene el derecho de levantar la voz, peor un educador. Entonces la falta de autoridad en casa se extiende al centro educativo donde los maestros ahora deben respetar y aceptar normas y reglas en ocasiones absurdas; si las quebrantas pues debes aceptar las consecuencias. Actualmente si un estudiante estropea la clase con su altanería o grosería, el maestro no puede expulsarlo porque no le es permitido hacerlo, no hay sanción para el alumno irrespetuoso. Entonces como maestro debes manejar la situación de tal suerte que el resto de estudiantes no piense que ese mal comportamiento es “cool” y prosigan con la misma actitud, que por lo general es como un virus, contagioso.

He tenido la oportunidad de trabajar en escuelas de diferentes estratos sociales y en cada uno de ellos ha habido líderes estudiantiles que te han llevado al crecimiento como maestro (pero no todos los líderes han sido fáciles de manejar ni han sido buenos). He ahí el momento en que un verdadero maestro debe ajustarse bien los cinturones y manejar al grupo con autoridad, sin temor, pero esa autoridad, hoy en día a un maestro le puede costar la catedra, el nombramiento e incluso la vida (como aquel compañero amenazada a muerte por un estudiante expendedor de droga).

Cuando trabajé en un colegio fiscal nocturno de la ciudad de Guayaquil, fui maestra de pandilleros y de jovencitas que eran compañeras sexuales de más de uno, hablar de integridad, de superación personal a un grupo de jóvenes que considera que vender droga o el cuerpo, es más rentable que estudiar y esforzarse, no es fácil.

El primer día de clases en aquel instituto, todos mis compañeros temían por mí, por ser mujer, por mi pequeña contextura, mi voz infantil y por la juventud que en ese entonces tenía. Había un grupo de estudiantes que pertenecía a una banda y a quienes yo tendría que educar. Enseñar Lenguaje y Literatura a una juventud que no le interesaba, no fue fácil. Cuando llegué, lo primero que recibí fue el famoso silbido que los albañiles suelen dar a las mujeres, traté de ignorarlo y continué. El tomar asistencia para saber quién era quién al principio parecía una burla: “Presheeente Lishenshiada”, me decían, después me percaté que sería siempre así, así se expresaban. No voy a negar que al principio me dio temor, algunos eran ya adultos jóvenes, pandilleros, ladrones y quizá expendedores de droga (no todos, había honrosas excepciones). Todo lo acepté hasta que un día uno de ellos queriendo hacerse el “galán” y pretendiendo quizá desvalorizarme como educadora, me lanzó un sonoro beso en la clase con el consabido: “Estás rica mamita”.  Fue entonces cuando me hirvió la sangre y brotó aquella maestra antigua, aquella alma vieja que tengo en mis venas, me paré frente a mi agresor verbal y le dije: “No soy tu madre y a mí me respetas”. En la clase hubo un silencio sepulcral. Uno que otro quiso reírse,  miré fijamente a este estudiante que resultó ser el líder de la pandilla. Fueron largos segundos, bajó la mirada y me dijo: “Dishculpe Lishenshiada”.

Ganar prontamento el respeto de un grupo de 80 estudiantes no es fácil, pero me lo gané. Me expuse es cierto, fui y enfrenté a mi agresor, creo es cuestión de actitud. Ellos perciben el temor, los jóvenes miden tu capacidad, tu fortaleza. A este estudiante los otros profesores le ponían cualquier nota con tal de no tener problemas. Yo, lo hacía trabajar, pensar, lo alentaba, era brillante, ni él mismo se había dado cuenta de eso. No traía deberes, pero él veía que los otros sí, aquellos que eran de menor rango en su pandilla empezaron a despuntar, y él seguía igual. Un día empecé a caminar por las largas y apiñadas filas del curso y al llegar a su banca, estaba el libro abierto con el deber hecho.

-          -     ¿Lo hiciste tú? Fue mi pregunta.
-      -    ¿Qué pasha lishenchiada? -Revisé su deber y estaba todo incorrecto, había respondido sólo por llenar espacios sin analizar, quizá nunca pensó que leería sus respuestas. -
      -    Celebro el hecho de que hicieras la tarea, sin embargo, tus respuestas no son correctas.
-         -     Ya puesh lishenshiada, usted quería que hishiera el deber y lo hishe, si está bien o mal, ahí si pues no sé.

Sonreí y seguí revisando las otras tareas, me volteé y le dije:
-           -  Sigue intentando, tú puedes.

Y fue así que aquel estudiante que en un principio quisiera boicotear mi clase y hacerme perder autoridad, se convirtió en quien guardara la disciplina del salón y en un estudiante promedio. Y más aún, en mi guardaespaldas. Al salir de clases, las calles de este colegio eran muy solitarias y oscuras, tenía que pasar por las zonas de prostitutas y de mendigos (quienes me enseñaron una gran lección de vida, motivo de otro escrito), no llevaba mi carro porque me habían aconsejado no hacerlo. “Te lo van a desvalijar” me decían y obedientemente prefería ir y venir en “metrovía”.  Un día al salir del colegio se me acercó el mencionado alumno con otros dos estudiantes:
-          - Lishenshiada, nosotros la acompañamos a la estación- Debo admitir que sentía temor de ir acompañada de tres pandilleros por calles oscuras.

-                     - ¿Ustedes me van a proteger? Pregunté.

-                     -Claaaro Lishenshiada, nadie le va a hacer daño porque se las ven conmigo.

Me preguntaron si tenía carro y les dije que sí, pero que no lo llevaba porque la zona del colegio era considerada “zona roja”

-          -Lishenshiada, mañana traiga su carro no más, que nadie se lo va a tocar, mañana la esperamos aquí afuera del colegio a la entrada.

Y fue así, llevé mi carro, ellos me tenían separado el lugar, le dijeron a los que estaban en la calle:
-         
        -Este es el carro de mi profe, nadie me lo toca.

Nunca los vi expendiendo drogas ni robando, pero sabía que era la forma en que ellos vivían, sin embargo, me di cuenta que la disciplina que impuse entre ellos, y las charlas de autoestima que les daba, esas ganas de salvarlos, esa actitud “quijotense” que tenemos los verdaderos maestros, me llevaron a vivir esta experiencia. Eran peligrosos, lo sé, pero conmigo eran solo adolescentes que esperaban respeto, amor y consideración.

Lo que quiero decir es esto: siempre como educadores nos encontraremos con diferentes caras de la moneda, salir airoso no siempre será fácil, luchar contra los molinos de viento, traerá golpes y heridas, quizá para algunos colegas hasta acoso, por tratar de salvar a otros niños y adolescentes del narcotráfico en las escuelas, o de frenar el bulling, pero NUNCA debemos ser INDIFERENTES ante las circunstancias.

La ley no nos ampara, la ley no nos permite educar en valores, los padres incluso en ocasiones no nos dejan, ni siquiera podemos mencionar a Dios en nuestras conversaciones. La ley no nos permite ni levantar la voz, pero ¿saben qué? yo no hago caso a esas leyes, me las juego, porque sé que un “carajazo” dado a tiempo, un consejo bíblico, un abrazo cuando un estudiante lo necesita es importante en sus vidas. No me paso por la vida con la sola misión de enseñar reglas ortográficas, análisis de oraciones y textos literarios. Mi trabajo como educadora va más allá, mi trabajado como educadora es AMAR.


sábado, 12 de mayo de 2018

"LEVANTO MIS MANOS"

Hoy tuve una cita espectacular, en realidad no la esperaba, esperaba reunirme con dos amigos muy queridos, pero por cosas de la vida no coincidimos. Temprano en la mañana, Jimena me escribió para decir que su pequeño hijo estaba delicado de salud y no podría asistir, así que mi otro amigo, Héctor, a quien íbamos a celebrar su cumpleaños atrasado, me preguntó si igual nos reuniríamos o no y yo dije que sí. Salí apresuradamente de casa debido a mi exagerada puntualidad, habíamos quedado en que nuestra reunión sería un desayuno por nuestros apretados horarios, tal era mi apuro y ganas de ver a mi queridísimo amigo que, entre tanta cosa que tengo actualmente en mi cerebro, olvidé guardar el teléfono celular.

Llegué al lugar al cual habíamos pactado asistir, una linda y nueva cafetería frente al río, era la primera vez que todos iríamos a este local. Cuando llegué me percaté de la ausencia de mi teléfono y en ese momento me puse a  pensar en que no estaba segura si le había enviado o no la dirección a mi amigo (no lo hice). Pensé que en tiempos anteriores no estábamos sujetos a este dispositivo y los encuentros y desencuentros se daban a cada momento y que era el momento de experimentar qué tal me iba sin estar conectada al mundo mediante un celular. Moría de hambre, esperé alrededor de 25 minutos y mi acompañante no llegó. La mesera y administradora me miraban con lástima, seguramente pensaron que era otro tipo de cita y que había sido plantada, era gracioso ver sus rostros tan desencajados y tan solidarios a la vez,  fueron tan amables en hacerme sentir bien con sus atenciones.

En esa hermosa cafetería, adornada con una falsa vegetación que lucía tan real y con música ambiental diferente, me sentí muy en casa por lo acogedor del lugar. Me gusta la música cristiana, no soy muy adepta a escucharla en lugares públicos, pero en esta ocasión, sencillamente sentí que era especial. Elogié a la administradora por la música y por la atención. Como ya tenía hambre decidí desayunar sola observando al río y cómo éste arrastraba los verdes lechuguines con su corriente. 

Mis pensamientos divagaron por las diversas circunstancias que tengo ahora y también por todas las bendiciones de las que soy objeto, pero los seres humanos somos así, solemos preocuparnos de más por lo que no tenemos, por lo que aún no pasa o por lo que ya no se puede remediar. Miré el local y vi el vacío, sin embargo no sentí soledad, es extraño, pero aún estando sola, así no me siento; sin embargo las tribulaciones suelen estar en la mente y no te dejan descansar. Fue el momento en que escuché una canción, una alabanza, la más bella que he escuchado: "Levanto mis manos".

"Levanto mis manos aunque no tenga fuerzas, aunque tenga mil problemas, cuando levanto mis manos comienzo a sentir una unción que me hace cantar, comienzo a sentir el fuego...Cuando levanto mis manos mis cargas se van, nuevas fuerzas tú me das, todo eso es posible, cuando levanto mis manos"

Empecé a entonar la canción y poco a poco me sumergí en su letra, sentí esa hermosa unción que sólo te da la fe y la certeza que todo es perfecto, porque las cosas así tenían que ser a pesar de tus decisiones y de las circunstancias. Y aunque para algunos parecerá ridículo, en ese momento levanté mis manos, recibí amor frente al río, y alabé con fuerza a la divinidad, sea el nombre que le quieras dar. Terminó la canción, mis ojos húmedos y la sonrisa en mi corazón. El local seguía vacío y supe, en ese preciso momento que ese desayuno era sólo entre Él y yo. 

Un desencuentro con personas queridas, me llevó al encuentro más hermoso en mi corazón, salí después de desayunar con mi gran amor, con el alma renovada, al encuentro de otra amiga a seguir disfrutando de su hermosa bendición.

Te amo, gracias. 

miércoles, 9 de mayo de 2018

"EL COLIBRÍ"



Hoy en la mañana mientras regresaba a mi clase de Español, después de servirme una rica taza de café, escuché de una compañera de trabajo un triste lamento, hice una pausa, fui hacia donde ella estaba y pude observar que ella miraba hacia el piso con una gran tristeza. Había un pequeño y hermoso colibrí tirado en uno de los escalones, con sus patitas hacia arriba, era tan pequeño que se hubiera podido confundir con las hojas de un árbol en el pavimento. Me acerqué a verlo y me di cuenta que respiraba, respiraba pausadamente, tome una servilleta y lo coloqué en la palma de mi mano, sus ojitos se abrían y cerraban, no había pánico en él, había en sus ojos y en su respiración una tranquilidad que cualquier humano envidiaría en una situación similar. Se acercó Lila, otra compañera de trabajo y al verme con esta pequeña ave acurrucada en mi palma, me dijo: “Dale masajes en el pecho despacito”, procedí a darle “RCP” a un colibrí, masajeé su corazón con la yema de mi dedo anular para no presionar fuertemente su delicado corazón y puse su delicado pico en mis labios para tratar de darle oxígeno, lo hice muy lentamente, mientras sentía el calorcito de su cuerpo en mi palma. Mi compañera lo puso también en sus manos, estaba como atontado, intentamos abrir su piquito, pero no sabíamos cómo hacerlo, así que volví a ponerlo en mis labios y soplé lentamente otra vez, acaricié sus suavecitas alas, sabiendo que, otra oportunidad así, de acariciar a un mágico colibrí sería casi imposible volverla a tener.  “Está todo bien” “Está todo bien” le dije, como si me pudiera entender, y se lo repetía cada vez que las yemas de mis dedos acariciaban su multicolor plumaje.

Lila, lo tomó de mis manos y empezó a buscar sus patitas, eran tan pequeñitas que se escondían bajo sus plumas, las encontramos y ella empezó a movérselas hasta que el instinto de supervivencia hizo que la pequeña avecita se agarrara de su dedo índice. De pronto, casi mágicamente, el pequeño colibrí se incorporó, movió rápidamente su cabecita de izquierda a derecha y levantó su vuelo de veloz forma. Lila y yo sólo lo vimos alejarse, nos despedimos de él con una sonrisa y satisfacción de saberlo vivo.  “Sentí vida en mis manos” fueron sus palabras. Yo sentí vida en el corazón. Creo que ambas lo sentimos.

Y es que, por un momento al tener a esa diminuta y tierna ave en mis manos, el sentir su lánguido palpitar,me recordó la fragilidad de mis ancianos padres que, ahora son como avecitas delicadas, con ganas de vivir, atrapadas en un cuerpo que ya no tiene la energía de antes, pero con la ilusión de volver a volar alto con sus sueños.

Este pequeño picaflor llegó en un momento especial para Lila y para mí. Hoy en la mañana ambas experimentamos un gran susto causado por el desmejoramiento de la salud de nuestros padres, y ambas tuvimos al colibrí en nuestras manos y ambas ayudamos a que él vuelva a volar con sus sueños. El mensaje estaba implícito: “Debemos ayudarlos a emprender su próximo vuelo”.

“Está todo bien” pensé, y esa sensación de paz al acariciar esa pequeña ave, esa sensación de felicidad al verla volar, metafóricamente me llevó a pensar que es así como debemos aceptar algún día la muerte de los seres que amamos, de esas almas que, aun estándo llenas de vida y de sueños, algún día también deberán volar a un bendecido lugar.

Un pequeño colibrí hoy en mis manos, me hizo sentir la serenidad del adiós, la aceptación del hasta pronto, la ilusión de un más allá.


jueves, 11 de enero de 2018

"REZA POR MÍ"



Después de unas largas vacaciones, me reintegré a mi trabajo, sentía un gran dolor en el corazón, tenía una tristeza acumulada que no la podía expresar. Y es que la vida es así, cambia todo de un momento para otro, se acumulan las querellas y frente a la pena, enfermas irracionalmente el cuerpo y el alma por algo que ya no tiene solución. Traté de ocultar mi tristeza lo mejor que pude, pero por más que sonreía, era evidente que mis ojos no expresaban lo que mis labios obligaban fingir.

 Llegué a mi escritorio, armonicé el lugar lo mejor que pude, quise ocupar mi mente en algo útil, pero el dolor seguía ahí, intacto. De pronto, en un momento  me levanté como autómata, guiada por una energía que no puedo explicar, sólo caminé, abrí la puerta y me dirigí a la sala de mi compañera de Arte. Ella y yo mantenemos una buena relación de respeto y cariño. Hay algo místico en nuestra amistad, cada una puede sentir lo que le está pasando a la otra, sin llegar a ser íntimas amigas. Al verme, ella pudo observar mi angustia. Simplemente entré y la abracé, lloré como hace tiempo no lo hacía, con la libertad de exponer mi sentir ante alguien que, sin conocerme mucho, podía sentir mi dolor, sin juzgarme. Su consejo fue sabio, no muy diferente al de mis amigas de toda la vida, ese consejo que se da con amor, que te dice lo que necesitas, no lo que quieres escuchar, pero sin herir, sin lastimar, ese consejo que sientes proviene del corazón, ese consejo que te hace crecer y entender que hay cosas que sencillamente no se pueden cambiar, nada más. Luego de ser abrazada con un cariño ancestral, le dije entre lágrimas que fluían sin esfuerzo alguno, interrumpidas por breves lastímeros suspiros: "Reza por mí" y me fui.

Al siguiente día, fingiendo bienestar emocional para engañar a la razón, entré a su salón para ver un trabajo que estamos haciendo juntas. Hablamos del tema del trabajo, me pidió indicaciones, me hizo observaciones y antes de salir, me detuve frente a un cuadro que hizo que mi corazón callara y sintiera. 

- Qué lindo María Verónica. Le dije.

- Tuve que pintarlo, tuve que pintar tu dolor.

Y en la brevedad de ese encuentro, en un alto de mi vida, alguien me enseñó con su arte, con la forma en la que mejor se puede expresar, que no importa qué tan profundamente negro pueda ver el presente, ni qué tan inalcanzable parezca el futuro, las personas correctas Dios te las pone ahí, en el preciso momento en que él necesita hablarte a través de ellas o pintarte para que entiendas que "todo lo aparentemente malo que le pudiera pasar a un hijo de Dios, es para su bendición".

Volví a mirar el cuadro, me conmovió la expresión de la mirada, cómo pudo alguien conociéndome tan poco, ver más allá. Los indígenas norteamericanos tienen la creencia que si alguien los retrata o les toma una fotografía, su alma queda atrapada, tengo la convicción que Ma. Verónica hizo eso, tomó mi angustia y dolor,  los arrancó de mi ser y los encerró en esa pintura para siempre.

- ¿Ves la mirada? -Me preguntó-

-Así te sentí, llena de una gran tristeza, pero con tanta esperanza.

-¿Y sabes cómo se llama el cuadro? 

-¿Cómo?

-"Reza por mí", fue lo que me dijiste al despedirte.




martes, 22 de agosto de 2017

LA FAMOSA ENVIDIA

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Desde que pertenezco a una red social, he leído toda clase de mensajes: enriquecedores. humorísticos (los que más me gustan), de amor y sabiduría, consejos de autoestima,  de cómo dar y recibir amor, de paz, educativos, de salud, de ciencia, de la siempre odiosa política, a la que no soporto, pero igual participo. Pero últimamente en muchos muros de contactos o de amigos de mis amigos, el tema de “la envidia”, ha roto cualquier tipo de récord y es por eso que este tema  llamó mi atención y  me he propuesto escribir sobre esta "enemiga" que todos tenemos, que muchos hemos pensado ser víctimas y no neguemos, en algún momento de nuestras vidas, la hemos sentido.

La palabra "envidia", etimológicamente viene del latín “invidere” formada por los vocablos “in” (poner, sobre, ir hacia) y “videre” (mirar). Es decir, envidia significa: “poner la mirada sobre algo”, en el latín clásico se la reconoce también como: malquerencia, malevolencia, celos, hostilidad. Al hablar acerca de “poner la mirada sobre algo” se entiende que, de ahí surgió la supersticiosa creencia del “mal de ojo”, donde pensamos que, si alguien nos mira con desdén o deseando nuestras bondades, esas personas nos puede causar infortunios de salud, emocionales y hasta económicos.

He visto (y debo admitir que he caído en esta patética moda) a muchas personas con protecciones religiosas paganas como: pulseritas rojas (por si acaso tengo dos, lo admito vergonzosamente), sábila con lacitos rojos, budas, leoncitos, campanitas, cristales, incienso y cuanta ocurrencia nos han vendido u ofertado ancestralmente, como protección. Incluso “pasarnos el huevo” para curarnos de la envida, del “mal de ojo”, en vez de ir al doctor. He escuchado grandes testimonios de personas que se han curado con este procedimiento y aseveran que han estado enfermas por la fuerza de la mirada envidiosa de alguien, ya que con nada curaban su malestar. Una vez más creo que en ocasiones el poder de autosugestión y memorias pasadas son tan fuertes que nos encadenan a sufrir incluso enfermedades psicosomáticas por una creencia ancestral.

Y es que cuando andamos por la vida sintiendo que todo el mundo anhela lo que tenemos, no nos la pasamos bien. ¿Se imaginan un cosmos con estas características? que la gente te envidie por el simple hecho que eres un triunfador, un gran atleta, un exitoso profesional, por tener la familia soñada, por el carro del año que usas, por tu casa nueva, por tu mujer, tu marido, porque tus hijos son bellos e inteligentes, porque vistes bien, por tu presencia, tu carisma…¡¡Dios mío!!  ¡¡Por todo!!, vivir pensando en que lo que tenemos es siempre motivo de codicia, sólo nos conlleva a un mundo de tensión y sufrimiento, a una especie de psicosis, de delirio de persecución interminable que nos arrastra a no confiar en nadie y a protegernos con mil herramientas ante el “posible ataque” del envidioso. ¿Puede ser esto posible?

Sin duda la envidia es un cruel sentimiento que en realidad existe, eso no lo podemos negar, nos encontraremos por el mundo con gente así, unos más que otros. Mi punto es que, exista o no el mal de ojo o envidia, nosotros debemos seguir adelante sin pensar en cuán encantadores o fastidiosos podamos ser ante los demás por lo que tenemos o somos. Debemos dejar de vivir con ese escudo de temor ante el “ojo embrujador” o la mala energía de las personas. Si aquello existe, depende de la forma como nos lo tomemos, si somos un reflejo brillante de satisfacción y amor, estamos en total protección contra cualquier fuerza negativa que alguien pudiera tener hacia nosotros, sólo eso, la envidia se cura con amor, nada más.

La sensación de anhelar lo de alguien más, también amarga la vida del envidioso. Un ser humano no puede pasar su vida pensando en las posesiones y virtudes de otro individuo. Compararnos con alguien más, siempre nos traerá pesares, porque nos sentiremos terriblemente inferiores o absurdamente superiores, cuando cada ser humano es un centro de bendiciones y dones listos para ser entregados a los demás. En vez de sentir rabia por las bendiciones de los demás, los seres humanos deberíamos procurar nuestros propios éxitos en nuestra rama profesional, en nuestra familia, en nuestros estudios. Nadie es igual a nadie, unos son más pretenciosos que otros, otros son más humildes, todos tenemos una fortaleza y no necesariamente tiene que ser codiciada por los demás. Somos nosotros en nuestro corazón los que hacemos crecer ese llamado “Pecado Capital”.

Sentir envidia definitivamente es un cefaloma que lo único que hace es carcomer tu corazón, pero creer que todo el mundo te envidia, también es un cáncer que corroe tu vida entera, la luz que irradias, tus buenas intenciones, tu amor por el prójimo, la confianza en los demás, la libertad de caminar por la vida satisfecho de tus logros y de tu felicidad, corroe la dicha de gozarte de la felicidad del amigo...

No vivamos pensando que todo lo bueno que hacemos, que todos nuestros éxitos son envidiados. Dejemos de pensar que, si algún plan no salió como lo esperábamos es porque no mantuvimos el suficiente sigilo y “la envidia de la gente” hizo que no se hicieran realidad nuestros proyectos. No, no es así. Si pensamos en que la gente es la causante de nuestra mala fortuna, lo único que estamos obviando es que no fue la voluntad de Dios, sino la “envidia” de la gente, la que no te dejó llegar a la meta. Le estás dando más poder a un mal sentimiento que a nuestra Divinidad.

Cuando tus planes por infortunio no se cumplan, puedes pensar en alguna de estas opciones: posiblemente aún no estabas lo suficientemente preparado para ello, o no era lo mejor para ti. Estaba sencillamente destinado a que no ocurriera o era la oportunidad para alguien más. Nadie te arrebata nada, nadie te quita lo que todavía no es tuyo y si así pareciera, esa persona a la que consideras “envidiosa” es el artífice para que analices más las cosas, para que te prepares más, para que quizá tengas un poco más de humildad, para aceptar que no todo puede ser nuestro cuando queremos, no es “la envidia” la causante, es el destino y tu voluntad de crecer, de amar, de luchar, de sonreír, de ser fuerte.



jueves, 13 de abril de 2017

"SER MAESTRO"

Cuando decidí ser maestra, recuerdo las dos frases que me dijera mi papá: “Es la más linda e ingrata de las profesiones”, te encontrarás con muchos alumnos que te recordarán con aprecio y cariño,  pero también te encontrarás con la ingratitud de algunos, y eso es algo que debes aprender a discernir. Otra de las frases que recuerdo de mi padre es: “Ser maestro te llenará el alma, pero no el bolsillo”, esta frase la dijera en una época en la que el maestro ganaba tan poco y para subsistir necesitaría hasta dos o tres empleos y toda la energía requerida. Ninguna de esas cosas hizo que mi padre, ni ningún buen maestro que conociera, desistiera de enseñar a generaciones de personas y ser parte de su formación.
Desciendo de generaciones de maestros, lo llevo en mi sangre, en mi ser. Fue la mejor decisión de mi existencia, la mejor. No imagino mi vida sin observar esos ojos nuevos, llenos de vida, vibrando por conocer el mundo, por vivir. No imagino mi vida, sin el saludo matutino de quienes son mis pequeños maestros, la luz de mi conocimiento, la motivación de seguir adelante. Ellos, mis niños, cada día al entrar a la clase son esa magia por la que despierto cada día.

Los verdaderos maestros no esperamos ser reconocidos en un gran homenaje, los verdaderos maestros vibramos de felicidad cuando nos enteramos del triunfo de algún discípulo y nos convertimos en secretos admiradores de ellos, llenando nuestro corazón de orgullo por haber formado parte de su educación.

Ser maestro es la más grande y hermosa de las bendiciones. Es humildemente, la profesión por excelencia, es un puente entre el presente y el futuro, es la magia del conocimiento, la antorcha de la verdad.

Si volviera a nacer, seguramente volvería a ser maestra, porque para mí, un maestro no se hace, un maestro nace. No es lo que aprendes en la Universidad, no es si te convierte en licenciado, máster o doctor, allí no aprendes a ser maestro, aprendes a mejorar tus técnicas, a innovar a crecer como profesional, pero maestro, a mi criterio, con esa virtud; se nace, y yo nací para educar, con las imperfecciones de mi humanidad, pero con el gran corazón de educadora, con el espíritu de todos los que me antecedieron en esta noble, hermosa y cándida profesión.


Felicidades a todos mis colegas, a los que son, a  los que fueron y a los que serán. Hoy, es un hermoso día para celebrar el haber nacido para enseñar.