sábado, 12 de mayo de 2018

"LEVANTO MIS MANOS"

Hoy tuve una cita espectacular, en realidad no la esperaba, esperaba reunirme con dos amigos muy queridos, pero por cosas de la vida no coincidimos. Temprano en la mañana, Jimena me escribió para decir que su pequeño hijo estaba delicado de salud y no podría asistir, así que mi otro amigo, Héctor, a quien íbamos a celebrar su cumpleaños atrasado, me preguntó si igual nos reuniríamos o no y yo dije que sí. Salí apresuradamente de casa debido a mi exagerada puntualidad, habíamos quedado en que nuestra reunión sería un desayuno por nuestros apretados horarios, tal era mi apuro y ganas de ver a mi queridísimo amigo que, entre tanta cosa que tengo actualmente en mi cerebro, olvidé guardar el teléfono celular.

Llegué al lugar al cual habíamos pactado asistir, una linda y nueva cafetería frente al río, era la primera vez que todos iríamos a este local. Cuando llegué me percaté de la ausencia de mi teléfono y en ese momento me puse a  pensar en que no estaba segura si le había enviado o no la dirección a mi amigo (no lo hice). Pensé que en tiempos anteriores no estábamos sujetos a este dispositivo y los encuentros y desencuentros se daban a cada momento y que era el momento de experimentar qué tal me iba sin estar conectada al mundo mediante un celular. Moría de hambre, esperé alrededor de 25 minutos y mi acompañante no llegó. La mesera y administradora me miraban con lástima, seguramente pensaron que era otro tipo de cita y que había sido plantada, era gracioso ver sus rostros tan desencajados y tan solidarios a la vez,  fueron tan amables en hacerme sentir bien con sus atenciones.

En esa hermosa cafetería, adornada con una falsa vegetación que lucía tan real y con música ambiental diferente, me sentí muy en casa por lo acogedor del lugar. Me gusta la música cristiana, no soy muy adepta a escucharla en lugares públicos, pero en esta ocasión, sencillamente sentí que era especial. Elogié a la administradora por la música y por la atención. Como ya tenía hambre decidí desayunar sola observando al río y cómo éste arrastraba los verdes lechuguines con su corriente. 

Mis pensamientos divagaron por las diversas circunstancias que tengo ahora y también por todas las bendiciones de las que soy objeto, pero los seres humanos somos así, solemos preocuparnos de más por lo que no tenemos, por lo que aún no pasa o por lo que ya no se puede remediar. Miré el local y vi el vacío, sin embargo no sentí soledad, es extraño, pero aún estando sola, así no me siento; sin embargo las tribulaciones suelen estar en la mente y no te dejan descansar. Fue el momento en que escuché una canción, una alabanza, la más bella que he escuchado: "Levanto mis manos".

"Levanto mis manos aunque no tenga fuerzas, aunque tenga mil problemas, cuando levanto mis manos comienzo a sentir una unción que me hace cantar, comienzo a sentir el fuego...Cuando levanto mis manos mis cargas se van, nuevas fuerzas tú me das, todo eso es posible, cuando levanto mis manos"

Empecé a entonar la canción y poco a poco me sumergí en su letra, sentí esa hermosa unción que sólo te da la fe y la certeza que todo es perfecto, porque las cosas así tenían que ser a pesar de tus decisiones y de las circunstancias. Y aunque para algunos parecerá ridículo, en ese momento levanté mis manos, recibí amor frente al río, y alabé con fuerza a la divinidad, sea el nombre que le quieras dar. Terminó la canción, mis ojos húmedos y la sonrisa en mi corazón. El local seguía vacío y supe, en ese preciso momento que ese desayuno era sólo entre Él y yo. 

Un desencuentro con personas queridas, me llevó al encuentro más hermoso en mi corazón, salí después de desayunar con mi gran amor, con el alma renovada, al encuentro de otra amiga a seguir disfrutando de su hermosa bendición.

Te amo, gracias. 

miércoles, 9 de mayo de 2018

"EL COLIBRÍ"



Hoy en la mañana mientras regresaba a mi clase de Español, después de servirme una rica taza de café, escuché de una compañera de trabajo un triste lamento, hice una pausa, fui hacia donde ella estaba y pude observar que ella miraba hacia el piso con una gran tristeza. Había un pequeño y hermoso colibrí tirado en uno de los escalones, con sus patitas hacia arriba, era tan pequeño que se hubiera podido confundir con las hojas de un árbol en el pavimento. Me acerqué a verlo y me di cuenta que respiraba, respiraba pausadamente, tome una servilleta y lo coloqué en la palma de mi mano, sus ojitos se abrían y cerraban, no había pánico en él, había en sus ojos y en su respiración una tranquilidad que cualquier humano envidiaría en una situación similar. Se acercó Lila, otra compañera de trabajo y al verme con esta pequeña ave acurrucada en mi palma, me dijo: “Dale masajes en el pecho despacito”, procedí a darle “RCP” a un colibrí, masajeé su corazón con la yema de mi dedo anular para no presionar fuertemente su delicado corazón y puse su delicado pico en mis labios para tratar de darle oxígeno, lo hice muy lentamente, mientras sentía el calorcito de su cuerpo en mi palma. Mi compañera lo puso también en sus manos, estaba como atontado, intentamos abrir su piquito, pero no sabíamos cómo hacerlo, así que volví a ponerlo en mis labios y soplé lentamente otra vez, acaricié sus suavecitas alas, sabiendo que, otra oportunidad así, de acariciar a un mágico colibrí sería casi imposible volverla a tener.  “Está todo bien” “Está todo bien” le dije, como si me pudiera entender, y se lo repetía cada vez que las yemas de mis dedos acariciaban su multicolor plumaje.

Lila, lo tomó de mis manos y empezó a buscar sus patitas, eran tan pequeñitas que se escondían bajo sus plumas, las encontramos y ella empezó a movérselas hasta que el instinto de supervivencia hizo que la pequeña avecita se agarrara de su dedo índice. De pronto, casi mágicamente, el pequeño colibrí se incorporó, movió rápidamente su cabecita de izquierda a derecha y levantó su vuelo de veloz forma. Lila y yo sólo lo vimos alejarse, nos despedimos de él con una sonrisa y satisfacción de saberlo vivo.  “Sentí vida en mis manos” fueron sus palabras. Yo sentí vida en el corazón. Creo que ambas lo sentimos.

Y es que, por un momento al tener a esa diminuta y tierna ave en mis manos, el sentir su lánguido palpitar,me recordó la fragilidad de mis ancianos padres que, ahora son como avecitas delicadas, con ganas de vivir, atrapadas en un cuerpo que ya no tiene la energía de antes, pero con la ilusión de volver a volar alto con sus sueños.

Este pequeño picaflor llegó en un momento especial para Lila y para mí. Hoy en la mañana ambas experimentamos un gran susto causado por el desmejoramiento de la salud de nuestros padres, y ambas tuvimos al colibrí en nuestras manos y ambas ayudamos a que él vuelva a volar con sus sueños. El mensaje estaba implícito: “Debemos ayudarlos a emprender su próximo vuelo”.

“Está todo bien” pensé, y esa sensación de paz al acariciar esa pequeña ave, esa sensación de felicidad al verla volar, metafóricamente me llevó a pensar que es así como debemos aceptar algún día la muerte de los seres que amamos, de esas almas que, aun estándo llenas de vida y de sueños, algún día también deberán volar a un bendecido lugar.

Un pequeño colibrí hoy en mis manos, me hizo sentir la serenidad del adiós, la aceptación del hasta pronto, la ilusión de un más allá.


jueves, 11 de enero de 2018

"REZA POR MÍ"



Después de unas largas vacaciones, me reintegré a mi trabajo, sentía un gran dolor en el corazón, tenía una tristeza acumulada que no la podía expresar. Y es que la vida es así, cambia todo de un momento para otro, se acumulan las querellas y frente a la pena, enfermas irracionalmente el cuerpo y el alma por algo que ya no tiene solución. Traté de ocultar mi tristeza lo mejor que pude, pero por más que sonreía, era evidente que mis ojos no expresaban lo que mis labios obligaban fingir.

 Llegué a mi escritorio, armonicé el lugar lo mejor que pude, quise ocupar mi mente en algo útil, pero el dolor seguía ahí, intacto. De pronto, en un momento  me levanté como autómata, guiada por una energía que no puedo explicar, sólo caminé, abrí la puerta y me dirigí a la sala de mi compañera de Arte. Ella y yo mantenemos una buena relación de respeto y cariño. Hay algo místico en nuestra amistad, cada una puede sentir lo que le está pasando a la otra, sin llegar a ser íntimas amigas. Al verme, ella pudo observar mi angustia. Simplemente entré y la abracé, lloré como hace tiempo no lo hacía, con la libertad de exponer mi sentir ante alguien que, sin conocerme mucho, podía sentir mi dolor, sin juzgarme. Su consejo fue sabio, no muy diferente al de mis amigas de toda la vida, ese consejo que se da con amor, que te dice lo que necesitas, no lo que quieres escuchar, pero sin herir, sin lastimar, ese consejo que sientes proviene del corazón, ese consejo que te hace crecer y entender que hay cosas que sencillamente no se pueden cambiar, nada más. Luego de ser abrazada con un cariño ancestral, le dije entre lágrimas que fluían sin esfuerzo alguno, interrumpidas por breves lastímeros suspiros: "Reza por mí" y me fui.

Al siguiente día, fingiendo bienestar emocional para engañar a la razón, entré a su salón para ver un trabajo que estamos haciendo juntas. Hablamos del tema del trabajo, me pidió indicaciones, me hizo observaciones y antes de salir, me detuve frente a un cuadro que hizo que mi corazón callara y sintiera. 

- Qué lindo María Verónica. Le dije.

- Tuve que pintarlo, tuve que pintar tu dolor.

Y en la brevedad de ese encuentro, en un alto de mi vida, alguien me enseñó con su arte, con la forma en la que mejor se puede expresar, que no importa qué tan profundamente negro pueda ver el presente, ni qué tan inalcanzable parezca el futuro, las personas correctas Dios te las pone ahí, en el preciso momento en que él necesita hablarte a través de ellas o pintarte para que entiendas que "todo lo aparentemente malo que le pudiera pasar a un hijo de Dios, es para su bendición".

Volví a mirar el cuadro, me conmovió la expresión de la mirada, cómo pudo alguien conociéndome tan poco, ver más allá. Los indígenas norteamericanos tienen la creencia que si alguien los retrata o les toma una fotografía, su alma queda atrapada, tengo la convicción que Ma. Verónica hizo eso, tomó mi angustia y dolor,  los arrancó de mi ser y los encerró en esa pintura para siempre.

- ¿Ves la mirada? -Me preguntó-

-Así te sentí, llena de una gran tristeza, pero con tanta esperanza.

-¿Y sabes cómo se llama el cuadro? 

-¿Cómo?

-"Reza por mí", fue lo que me dijiste al despedirte.




martes, 22 de agosto de 2017

LA FAMOSA ENVIDIA

Resultado de imagen para ojos de envidia
Desde que pertenezco a una red social, he leído toda clase de mensajes: enriquecedores. humorísticos (los que más me gustan), de amor y sabiduría, consejos de autoestima,  de cómo dar y recibir amor, de paz, educativos, de salud, de ciencia, de la siempre odiosa política, a la que no soporto, pero igual participo. Pero últimamente en muchos muros de contactos o de amigos de mis amigos, el tema de “la envidia”, ha roto cualquier tipo de récord y es por eso que este tema  llamó mi atención y  me he propuesto escribir sobre esta "enemiga" que todos tenemos, que muchos hemos pensado ser víctimas y no neguemos, en algún momento de nuestras vidas, la hemos sentido.

La palabra "envidia", etimológicamente viene del latín “invidere” formada por los vocablos “in” (poner, sobre, ir hacia) y “videre” (mirar). Es decir, envidia significa: “poner la mirada sobre algo”, en el latín clásico se la reconoce también como: malquerencia, malevolencia, celos, hostilidad. Al hablar acerca de “poner la mirada sobre algo” se entiende que, de ahí surgió la supersticiosa creencia del “mal de ojo”, donde pensamos que, si alguien nos mira con desdén o deseando nuestras bondades, esas personas nos puede causar infortunios de salud, emocionales y hasta económicos.

He visto (y debo admitir que he caído en esta patética moda) a muchas personas con protecciones religiosas paganas como: pulseritas rojas (por si acaso tengo dos, lo admito vergonzosamente), sábila con lacitos rojos, budas, leoncitos, campanitas, cristales, incienso y cuanta ocurrencia nos han vendido u ofertado ancestralmente, como protección. Incluso “pasarnos el huevo” para curarnos de la envida, del “mal de ojo”, en vez de ir al doctor. He escuchado grandes testimonios de personas que se han curado con este procedimiento y aseveran que han estado enfermas por la fuerza de la mirada envidiosa de alguien, ya que con nada curaban su malestar. Una vez más creo que en ocasiones el poder de autosugestión y memorias pasadas son tan fuertes que nos encadenan a sufrir incluso enfermedades psicosomáticas por una creencia ancestral.

Y es que cuando andamos por la vida sintiendo que todo el mundo anhela lo que tenemos, no nos la pasamos bien. ¿Se imaginan un cosmos con estas características? que la gente te envidie por el simple hecho que eres un triunfador, un gran atleta, un exitoso profesional, por tener la familia soñada, por el carro del año que usas, por tu casa nueva, por tu mujer, tu marido, porque tus hijos son bellos e inteligentes, porque vistes bien, por tu presencia, tu carisma…¡¡Dios mío!!  ¡¡Por todo!!, vivir pensando en que lo que tenemos es siempre motivo de codicia, sólo nos conlleva a un mundo de tensión y sufrimiento, a una especie de psicosis, de delirio de persecución interminable que nos arrastra a no confiar en nadie y a protegernos con mil herramientas ante el “posible ataque” del envidioso. ¿Puede ser esto posible?

Sin duda la envidia es un cruel sentimiento que en realidad existe, eso no lo podemos negar, nos encontraremos por el mundo con gente así, unos más que otros. Mi punto es que, exista o no el mal de ojo o envidia, nosotros debemos seguir adelante sin pensar en cuán encantadores o fastidiosos podamos ser ante los demás por lo que tenemos o somos. Debemos dejar de vivir con ese escudo de temor ante el “ojo embrujador” o la mala energía de las personas. Si aquello existe, depende de la forma como nos lo tomemos, si somos un reflejo brillante de satisfacción y amor, estamos en total protección contra cualquier fuerza negativa que alguien pudiera tener hacia nosotros, sólo eso, la envidia se cura con amor, nada más.

La sensación de anhelar lo de alguien más, también amarga la vida del envidioso. Un ser humano no puede pasar su vida pensando en las posesiones y virtudes de otro individuo. Compararnos con alguien más, siempre nos traerá pesares, porque nos sentiremos terriblemente inferiores o absurdamente superiores, cuando cada ser humano es un centro de bendiciones y dones listos para ser entregados a los demás. En vez de sentir rabia por las bendiciones de los demás, los seres humanos deberíamos procurar nuestros propios éxitos en nuestra rama profesional, en nuestra familia, en nuestros estudios. Nadie es igual a nadie, unos son más pretenciosos que otros, otros son más humildes, todos tenemos una fortaleza y no necesariamente tiene que ser codiciada por los demás. Somos nosotros en nuestro corazón los que hacemos crecer ese llamado “Pecado Capital”.

Sentir envidia definitivamente es un cefaloma que lo único que hace es carcomer tu corazón, pero creer que todo el mundo te envidia, también es un cáncer que corroe tu vida entera, la luz que irradias, tus buenas intenciones, tu amor por el prójimo, la confianza en los demás, la libertad de caminar por la vida satisfecho de tus logros y de tu felicidad, corroe la dicha de gozarte de la felicidad del amigo...

No vivamos pensando que todo lo bueno que hacemos, que todos nuestros éxitos son envidiados. Dejemos de pensar que, si algún plan no salió como lo esperábamos es porque no mantuvimos el suficiente sigilo y “la envidia de la gente” hizo que no se hicieran realidad nuestros proyectos. No, no es así. Si pensamos en que la gente es la causante de nuestra mala fortuna, lo único que estamos obviando es que no fue la voluntad de Dios, sino la “envidia” de la gente, la que no te dejó llegar a la meta. Le estás dando más poder a un mal sentimiento que a nuestra Divinidad.

Cuando tus planes por infortunio no se cumplan, puedes pensar en alguna de estas opciones: posiblemente aún no estabas lo suficientemente preparado para ello, o no era lo mejor para ti. Estaba sencillamente destinado a que no ocurriera o era la oportunidad para alguien más. Nadie te arrebata nada, nadie te quita lo que todavía no es tuyo y si así pareciera, esa persona a la que consideras “envidiosa” es el artífice para que analices más las cosas, para que te prepares más, para que quizá tengas un poco más de humildad, para aceptar que no todo puede ser nuestro cuando queremos, no es “la envidia” la causante, es el destino y tu voluntad de crecer, de amar, de luchar, de sonreír, de ser fuerte.



jueves, 13 de abril de 2017

"SER MAESTRO"

Cuando decidí ser maestra, recuerdo las dos frases que me dijera mi papá: “Es la más linda e ingrata de las profesiones”, te encontrarás con muchos alumnos que te recordarán con aprecio y cariño,  pero también te encontrarás con la ingratitud de algunos, y eso es algo que debes aprender a discernir. Otra de las frases que recuerdo de mi padre es: “Ser maestro te llenará el alma, pero no el bolsillo”, esta frase la dijera en una época en la que el maestro ganaba tan poco y para subsistir necesitaría hasta dos o tres empleos y toda la energía requerida. Ninguna de esas cosas hizo que mi padre, ni ningún buen maestro que conociera, desistiera de enseñar a generaciones de personas y ser parte de su formación.
Desciendo de generaciones de maestros, lo llevo en mi sangre, en mi ser. Fue la mejor decisión de mi existencia, la mejor. No imagino mi vida sin observar esos ojos nuevos, llenos de vida, vibrando por conocer el mundo, por vivir. No imagino mi vida, sin el saludo matutino de quienes son mis pequeños maestros, la luz de mi conocimiento, la motivación de seguir adelante. Ellos, mis niños, cada día al entrar a la clase son esa magia por la que despierto cada día.

Los verdaderos maestros no esperamos ser reconocidos en un gran homenaje, los verdaderos maestros vibramos de felicidad cuando nos enteramos del triunfo de algún discípulo y nos convertimos en secretos admiradores de ellos, llenando nuestro corazón de orgullo por haber formado parte de su educación.

Ser maestro es la más grande y hermosa de las bendiciones. Es humildemente, la profesión por excelencia, es un puente entre el presente y el futuro, es la magia del conocimiento, la antorcha de la verdad.

Si volviera a nacer, seguramente volvería a ser maestra, porque para mí, un maestro no se hace, un maestro nace. No es lo que aprendes en la Universidad, no es si te convierte en licenciado, máster o doctor, allí no aprendes a ser maestro, aprendes a mejorar tus técnicas, a innovar a crecer como profesional, pero maestro, a mi criterio, con esa virtud; se nace, y yo nací para educar, con las imperfecciones de mi humanidad, pero con el gran corazón de educadora, con el espíritu de todos los que me antecedieron en esta noble, hermosa y cándida profesión.


Felicidades a todos mis colegas, a los que son, a  los que fueron y a los que serán. Hoy, es un hermoso día para celebrar el haber nacido para enseñar.

martes, 15 de noviembre de 2016

MI SUPERHÉROE

Durante muchos años vi a mi padre como un ser invencible, un hombre de acero, un superhéroe al cual podía recurrir cuando enfrentaba problemas profesionales, de salud, estudiantiles, cualquier problema,  menos sentimental o existencial. Ese superhéroe inalcanzable, diferente a la perfección de los cómics, ese superhéroe  que levantaba la voz con un “carajo” y dejaba a todos callados, quien nunca o casi nunca admitió un error. Mi superhéroe de la vida real no era perfecto, pero igual siempre lo amé y admiré, aún lo hago y siempre lo haré.

Debo admitir que mi relación con mi padre nunca fue la mejor, precisamente porque yo rechazaba en él, aquello que detestaba en mí misma, porque somos tan iguales y tan diferentes al mismo tiempo. Cada uno quería tener la verdad absoluta y la razón y eso nos enfrentaba en cruentas batallas de egos casi todos los días. Mi autosuficiencia e independencia se rebelaban ante su carácter controlador e imperativo. Recibí muchas, muchas amonestaciones que durante mi adolescencia y parte del inicio de mi vida adulta me llenaron de resentimientos y sin sabores, pero llegó el momento de perdonar. De dejar ir a esa adolescente lastimada y ver crecer en mi corazón a esa hija agradecida. Sus métodos fueron muy ortodoxos, es decir, muy rígidos, y en ocasiones flagelantes, pero debo admitir; que si no hubiera sido por su determinación, con mi manera loca de ver la vida, con esas ansias de comerme el mundo, quizá yo no estuviera donde estoy, tal vez necesitaba ese freno que él impuso, para no caer en picada desde el cielo, una vez que me dejaron volar. Claro, hubiera deseado tener un padre un poco más comunicativo, más amigo, más “papá” y menos “general”, que me infundiera más respeto que temor, pero así eran los padres de antes o al menos así era el mío.

Recuerdo que cuando éramos niños, mi hermano intermedio y yo salíamos a jugar con los niños del campamento, sabíamos perfectamente que nuestro padre haría tres llamados con su conocido “chiflar”, si al tercer llamado no estábamos en casa, el recibimiento era un correazo (o más de uno) en las nalgas y mejor no protestar, pero jamás nos enviaba a la cama sin comer, porque él jamás quiso que supiéramos lo que era dormir con el estómago vacío. Mi hermano y yo por lo general siempre esperábamos el tercer silbido y cuando eso ocurría, corríamos más rápido que cualquier velocista olímpico para evitar el cuero en nuestro trasero.

Mi superhéroe, sencillamente, no era perfecto, pero seguía siendo un héroe de carne y hueso para mí. Podía enfrentar cualquier tormenta que se le presentara que siempre saldría adelante; su criptonita, sin embargo, siempre fueron sus recuerdos de una infancia difícil  y un batallar en su juventud. Las melodías lo transportaban a momentos agridulces y terminaba en un llanto sin fin que entristecía su entorno y el de los demás, incluso las alegrías lo ponían nostálgico, su personalidad era (y es) eufórica y también depresiva. Todos sabíamos que en poco tiempo él volvería a reír. Siempre encontraba razones para hacerlo y creo que una de esas inefables razones fue mi madre.

Mi superhéroe se está debilitando, su criptonita actual son el peso de los años y las dolencias que suelen acompañar a la sabiduría de la ancianidad. Mi superhéroe envejeció y siento un infinito amor por él. Un deseo de protegerlo y cuidarlo de tal manera que siento que el tiempo no me va a alcanzar para demostrarle cuánto, a pesar de las diferencias, lo amo. Ya no importan los desacuerdos, ni la imponencia que solía tener para hacer respetar su opinión, ya no importa la disensión que tuvimos durante mi adolescencia e incluso ahora en mi etapa adulta. Ya no importa cuán diferentes éramos a pesar de nuestra similitud, ya no importa cómo era él, ahora sólo él importa.

Mi superhéroe es ahora muy dócil para tomar su medicina, pero muy obstinado para las comidas, se escapa a escondidas a comprar aquello que no puede comer, como yo cuando huía de casa a comprar golosinas, le llamo la atención como él lo hiciera cuando yo era una niña, primero por salir sin permiso y segundo por comer lo que no me estaba permitido.

Mi querido viejito, el tiempo está cumpliendo su meta, y yo no lo puedo detener. Cada día sé que es uno menos a su lado, y ruego con el tesón de mi corazón que me permita cada día despedirme de él. Tener esa sonrisa en mis labios que tanto anhela y abrazarlo con todo mi corazón. Algunas despedidas son largas y pretendo hacer de esta lo más larga posible para mantenerlo a nuestro lado por algunos años más, si esa es la la voluntad de Dios.



martes, 20 de septiembre de 2016

"OTRA OCASIÓN ESPECIAL"

¿Recuerdan la historia de aquella mujer que fue sepultada con un traje de lencería nuevo? Su esposo había encontrado ese atuendo íntimo guardado entre sus pertenencias, porque ella esperaba por una “ocasión especial” para usarlo y él con mucha tristeza la vistió con él el día de su velorio, porque dijo en tono sarcástico y al mismo tiempo doloroso: “Supongo que hoy es esa ocasión especial” y hace la reflexión de lo sucedido. Bueno, este breve preámbulo es el inicio para contarles la nueva manera de ver la vida para mí. Esta historia la leí hace tantos años ya y nunca fue tan evidente en mi vida como ahora.

En este año he sido sometida a dos cirugías en menos de seis meses, y la verdad nunca pensé que iba a pasar por una situación así en mi vida, ¡Jamás! Y al igual que la protagonista de la historia inicial, yo tenía guardada ropa y zapatos que los conservaba para una “ocasión especial”. Luego de salir de la segunda cirugía, la cual fue aún más invasiva que la primera, puesto que me tuvieron que cortar el intestino y no se descartaba la posibilidad de vivir con una colostomía por un tiempo, después de ello, me puse a pensar en que si Dios hubiera decidido tomar mi vida, hubiera dejado tantas cosas sin usar y sobre todo, hubiera dejado de hacer y decir tantas cosas, pensando en que podría tener tiempo para hacerlas el día de mañana. Fue entonces que recordé que esta mujer había muerto sin disfrutar de la suavidad de su ropa íntima y quizá sin la suavidad de un abrazo y de una palabra de amor a su esposo, quizá dejó muchas cosas para después.

Han pasado tres meses desde mi última cirugía y aunque mi cuerpo no tiene todavía el ritmo de antes, puesto que por dentro todavía está sanando, algo que se recuperó inmediatamente en mí fueron las ganas de vivir, de disfrutar cada amanecer así me muera de sueño por despertar temprano, del abrazo de mis padres, de las sonrisas de los amigos, del consejo recibido y por qué no también del enojo, del desacuerdo, de las lágrimas…disfruto todo, porque hasta lo que pensamos es negativo, llega a tener algo de sabiduría que nos enseña a mejorar o a superar errores y corregirlos.

Hoy me veo en el espejo y veo a una mujer llena de vida, porque es lo que refleja mi alma. Renovada, con ganas de comerme el mundo nuevamente. Soy una mujer que saca las etiquetas de sus vestidos nuevos y los luce como si cada día fuera a una fiesta, que abre la caja de sus zapatos y calza  aquel par de zapatos de tacón que estaba destinado sólo para fiestas, que destapa su perfume favorito y se lo pone para que sus estudiantes, amigos y compañeros perciban su aroma. Hoy me veo en el espejo y veo el brillo de mis ojos, el brillo de mujer enamorada, enamorada del amor y de la vida, y sé que NUNCA más dejaré algo para luego, nunca más guardaré un “te quiero” para después, jamás esconderé mi amor por las personas por orgullo ni por vergüenza, abrazaré cada día como si fuera el último y comeré lo que pueda mientras me esté permitido, cantaré con el alma así mi voz no tenga registro alguno, bailaré las canciones de mi juventud y las modernas que más me gusten, me sentaré frente al mar bajo una sombrilla y mostraré orgullosa mis cicatrices de guerra, tomaré las margaritas que tanto me gustan, porque la vida es mía y siempre he pensado ha sido mi mayor presente.

Hoy me veo en el espejo y digo GRACIAS, gracias porque puedo hacerlo y tuve la oportunidad de no dejarlo para después.

Hoy es un día especial, por lo tanto he escrito esto, ¿Por qué iba a dejarlo para luego?