lunes, 11 de enero de 2016

"BENDITO TUMOR"

Y así, sin más llegó la noticia, tenía un intruso en mi cuerpo que ni hacía bulla ni causaba malestar, estuvo ahí quién sabe cuánto tiempo y de pronto un día sin más, se hizo presente para ayudarme a recordar lo hermosa que es la vida y el temor que siempre existe ante la probabilidad de que un invasor como éste, acabara por siempre con mis sueños y la alegría de pensar en llegar a esos años en que los recuerdos son la más hermosa realidad .

Transcurrió menos de una semana en la cual asimilé rápidamente mi estado de salud, llena de optimismo y con la convicción con la que he llevado toda la vida mía, decidí en esta ocasión una vez más “tomar al toro por los cuernos” y hacerme todo tipo de exámenes para descartar lo peor…sin embargo lo único que podría descartar esto, era sacarlo de mis entrañas, arrancarlo de mí y despedazarlo en un laboratorio hasta obtener el resultado fuere lo que fuere.

Recordé cuando un estudiante me preguntó una vez si yo le tenía miedo a la muerte, una pregunta que aunque increíble que parezca, hasta ese momento jamás me la había hecho…recuerdo que lo pensé por varios segundos y mi respuesta fue: “No, no le tengo miedo a la muerte, creo que es un estado diferente, nada más; pero sí tengo miedo a morir antes que mis padres, porque ese dolor debe ser el más terrible de todos” y por un momento pensé en qué pasaría si este intruso alterara todas las células de mi organismo hasta provocar ese temible desenlace. Sin más qué decir ni pensar, apenas con un hilo de voz de sólo imaginarlo, pedí a Dios la gracia de ser yo quien despidiera a mis padres y no lo inverso, y sentí una vez más en mi corazón su respuesta “Todo es perfecto” y entendí que esa era su promesa y que Él estaría a mi lado sea cual fuere el resultado, aunque de antemano siempre supe que la respuesta sería que todo continuaría así, como hasta ahora e incluso mejor, a pesar de que por un momento en mi corazón estuvo la disyuntiva de creer o no, yo decidí CREER.

En una de mis citas médicas le pedí a un taxista amigo que me llevara al consultorio y recordando que él profesaba el cristianismo, le pedí que orara por mí, para que todo estuviera bien y fue así como él me invitó  a un culto de sanación al que al principio me rehusaba un poco a ir, porque conozco cómo son los cultos de la religión evangélica y aunque hermosos, por “costumbre” o "fidelidad", prefiero los de mi religión, aunque sé perfectamente que Dios es uno y eterno, que no es cuestión de religión ni de creencias, sólo es cuestión de fe.

Si hay algo que me gusta de los cultos ya sean evangélicos o católicos es lo feliz que está la gente al verte llegar, eres como esa oveja descarriada que finalmente se une al rebaño y todos celebran tu llegada, los saludos de mano, besos y abrazos te hacen sentir tan bien, esa calidez con la que eres recibido, como si todo el mundo supiera por lo que estás pasando, cuando en realidad nadie lo sabe, incluso uno mismo.

Hay algo que me impresionará siempre y es cuando el Espíritu Santo se hace presente y la gente empieza a danzar o desmayarse sin poder controlar su cuerpo, sus músculos. En ocasiones pienso “histeria colectiva” o “verdadero milagro” no soy escéptica, no, pero es algo que nunca dejará de asombrarme, habiendo incluso recibido esa maravillosa unción que es descansar en el Espíritu Santo. Suelo ser muy observadora, pero de los rostros y de los comportamientos, y en esos rostros había más que paz, había un dolor apretado en el corazón que de una u otra manera querían que algo poderoso los alejara de eso. Y se sentía la alegría y la devoción entre el escándalo de los timbales, la batería, la guitarra eléctrica y la bulla de la oración, mientras sus ojos estaban cerrados, apretados con firmeza, alababan, lloraban, gemían, caían, se desmayaban, convulsionaban…Y yo…yo solo quería la paz que encuentro en el altar de mi iglesia, arrodillada ante Él (ante esa imagen por la que nos llaman idólatras) agradeciendo y orando por los que más amo, incluyéndome brevemente en esa petición, pero en un estado de relajación absoluta…sólo Él y yo.

Y de pronto, el escándalo termina, el llanto y la histeria también y todos entran en un estado de paz y tranquilidad, como en un trance que finalmente me permite disfrutar de mi oración. Y así con mis ojos cerrados pidiendo a Dios que me sane y que reprenda cualquier espíritu de enfermedad de mi cuerpo, del de mi madre que está postrada en una cama, pidiendo protección para mi familia y amigos…siento de pronto un cálido y apaciguador abrazo que me hizo entre sonrisas abrir mis ojos, era la madre de mi amigo quien se acercaba para preguntarme, con una dulzura, que me recordó a la de mi madre; si quería que oraran por mí. Me dirigí hacia el pastor quien sin saber cuál era el mal que me aquejaba puso sus manos precisamente en el lugar donde esa masa había hecho su hogar, se sentía calientito y palpitaba, de pronto empezó como a doler, algo que nunca antes había pasado porque había sido totalmente asintomático. Y él sopló en mi frente y aunque yo sabía que iba a caer, mi cuerpo se resistía como en ocasiones anteriores, hasta que el Espíritu toma fuerzas y me dejo vencer con felicidad. Una vez desmayada, pero en total estado consiente, con esa paz que sólo aquellos que han descansado en el Espíritu Santo saben, escuchaba cómo todos se reunían en círculo para orar por mí. Me incorporé, y sonreí complacida, Dios una vez más había enviado su Espíritu Santo para reconfortar mi alma. Fue después de eso que una persona que tenía el “Don de visión” dio testimonio diciendo que al estar orando el Pastor ella había visto ángeles rodeándolo y que cuando estaba orando por mí, ella vio rayos que salían de mi cuerpo y un remolino se había formado en el centro del salón llevándose lo malo que me aquejaba, que Dios le había dicho que no había enfermedad y yo estaba sana… ¿Y saben qué? Lo creí, sí lo creí, muchos pensarán que estoy demente al hacerlo, porque… ¿Qué tal si esta señora era una loca que creía tener el don de visión? ¿Qué tal si el querer creer te hace cometer errores?...La lógica ante la Fe, siempre será la mayor de las disyuntivas.

Al día siguiente, recordando el testimonio de la vidente, fui a hacerme otro examen, con la absoluta convicción de que no lo encontraría y que allí acabaría mi dilema. Mas al buscar al invasor, éste fue encontrado nuevamente, pero presentaba características diferentes, aunque aún conservaba las mismas medidas, ya no estaba tan sólido ya no era sólo masa, había algo líquido que antes no se encontraba…buscaron explicaciones para eso, pero el resultado estaba allí. No hubo ese tipo de milagro que uno ve en las películas o que la gente te cuenta en testimonios, sobrevivientes de enfermedades catastróficas sanados de un día para otro…no, no lo hubo, pero no sentí decepción, sentí igual que su bendición seguía conmigo, a pesar de que “eso” seguía ahí, sabía que si lo habían descubierto a tiempo, fue porque él puso a la persona indicada en mi vida quien hizo que vaya al doctor y gracias a esa persona a quien quiero tanto, a esa persona que Dios puso en mi camino, es que yo estoy contando esta historia.

Tengo la convicción de que Dios siempre obrará de forma misteriosa, no siento ningún arrepentimiento de haber ido al culto, escuchar de mi sanación y aun así, decidir someterme a la cirugía. Seguidores del cristianismo evangélico, pensarán que fue falta de fe, que dejé que mi parte humana arrebatara esa bendición de sanación al no dejar que ese invasor desapareciera solo. En realidad, pienso que Dios le ha dado al hombre herramientas maravillosas como la medicina, para poder también sanar. Y sé que Él, como médico poderoso, será quien tome el bisturí y realice la cirugía y soplará su sagrado aliento para que todas mis células tengan su santa bendición.


El día de la operación llegó. Ese día al despertar informé a mis padres de la operación, brevemente para no causar en ellos una preocupación mayor. Muy pocas personas sabían de mi operación, en realidad poquísimas. En principio me encontraba muy calmada, aunque algo temerosa por la experiencia a la que sería sometida, llegué a la clínica y hablé sobre los pormenores financieros antes de la cirugía e inmediatamente, para mi asombro, fui llevada al quirófano; mi hermano me acompañó y me dio también la bendición antes de entrar.

Era un pasillo pequeño, había cortinas rosadas que separaban cubículos y me hicieron entrar en uno que tenía un sillón de cuero azul muy cómodo, una enfermera muy linda y amable llamada Alicia, me llevó el atuendo para mi operación, una fría bata blanca y un gorro verde que hacía juego con los zapatos de tela. Ella tenía una franca sonrisa, me dijo que esperara y se retiró delicadamente. 

La espera fue breve en realidad, pero sentía que era eterna, de pronto empezaron las lágrimas a brotar sin mayor esfuerzo y un llanto infantil salía de mi pecho, me sentía desvalida, desprotegida, y me puse a orar. La enfermera entró a mi cubículo y con una dulzura maternal me calmó, mientras lagrimones salían de mis ojos. Me llevaron a un lugar previo al quirófano, me pusieron un catéter, que puedo asegurar me dolió más que la cirugía (la cual no sentí) entré a un quirófano lleno de alegría, de doctores felices y enfermeras risueñas que me hicieron sentir mucha paz y seguridad, y de pronto…la nada, todo había pasado, todo estaba de nuevo bien.


El doctor al ir a la habitación me dio la buena noticia, el tumor no había sido tal, era un quiste que por su ubicación daba la apariencia de un tumor sólido. Esa fue la explicación “científica” que él me dio, mas yo tengo dos ecos, el primero en el cual  dice claramente que es un tumor sólido y el segundo; después de mi sanación, que dice que ya no era tan sólido y finalmente la promesa cumplida de Dios, no había tumor y aunque el resultado de la biopsia no ha sido entregado, no tengo temor, porque sé de antemano cuál es la respuesta.

La gente dirá que “los médicos se equivocaron” que suele ocurrir, que no es el primer caso; sin embargo, yo aseguro que Dios obró de la mejor manera y cumplió su promesa una vez más.

Este “bendito tumor” además de hacerme apreciar la vida aún más, de llevarme por los insondables misterios de los cultos, la verdadera fe y religiones, me hizo ver la nobleza del corazón de los amigos, de aquellos cercanos y lejanos que estuvieron pendientes, de aquellos que a pesar de la distancia me tuvieron en sus oraciones, de aquellas amistades que tomaron parte de su tiempo para estar conmigo y hacerme compañía (ir a pagar cuentas, llevarme al baño, hacerme caminar o simplemente tomar mi mano), de aquel amigo que llamó desde el extranjero para saber cómo estaba, de aquellos amigos pendientes a través de un mensaje, de aquella hermana de la vida, que pasó la noche conmigo, me acompañó en mi delirio y veló mi sueño y mi despertar, de aquella joven enfermera que cada vez que entraba lo hacía con una tímida sonrisa porque apenas empezaba a trabajar y no se sentía segura de su desempeño, del señor que servía la comida y robaba gelatina extra para mí y me la llevaba a la habitación con una gran sonrisa, de la señora de la limpieza que me contó sus alegrías y sus penas…tantas vidas juntas, todas entrelazadas.

Su firma ahora está en mi cuerpo, al principio me deprimí por la cicatriz, luego, pedí perdón por lo absurdo de mi vanidad, por lo banal que resulta aquello y agradecí por ella; porque era el sello de su infinito amor por mí, de su palabra y mi compromiso de hacer conocer lo grandioso de su ser.

Amén.









viernes, 24 de octubre de 2014

RECUERDOS



Y de repente una sensación de ternura llega a mi corazón… un recuerdo… melancolía…
Hoy en la mañana, en el trajín de arreglarme para ir a mi querido trabajo; escuché, mientras me arreglaba frente al espejo, un maullar ¿Un maullar? ¿En mi casa? Hace tantos años que no escuchaba un maullar, desde que era una niña. Era fuerte, desesperado, por un momento pensé que era mi papá quien subía la escalera haciendo el maullido para bromear con mi mamá. No presté atención, pero cada vez era más cercano, más fuerte, entonces decidí abrir la puerta y allí frente a mí, la más bella de las criaturas: UN GATO.

El felino y yo nos quedamos observando, lo miré y me acerqué a él, preguntándome, cómo había logrado entrar en la fortaleza de mi “castillo”, me agaché y lo tomé entre mis brazos, se dejó abrazar sin reparos, sentí su cuerpecito tibio, estaba un poco descuidado, pero se notaba que había confundido su hogar. Al bajar la escalera para darle un poco de leche, él observaba todo a su alrededor, parecía decir: “Esta es igual a mi casa, pero no es mi casa” y me miraba con ese mirar que sólo los gatos tienen (¿será por eso que me gustan tanto los ojos azules?), esa ternura innata que tienen, junto a esa elegancia y autosuficiencia. Cada minuto que pasaba, sentía su dulzura, su cuerpecito empezaba a ronronear.

Por un momento regresó a mí, esa niña que vive en mi corazón, que a veces se pierde por las responsabilidades de adulto, y con gato en mano subí las escaleras para mostrárselo a mi madre y como si de repente me convirtiera en esa niña de cuatro años que adoraba los gatos, le pregunté a mi mamá: ¿Puedo quedármelo? Y sentí un apretón en el corazón, esperando quizá a estas alturas encontrar un sí. Mas no fue así, mi madre lo miró, lo acarició y me recordó lo delicado que es para mí tener una mascota, y para ella también por nuestras alergias. Insistí en que iríamos siempre al alergólogo, que justo “ese” gato no botaba pelos =) fue inútil. No me pude quedar con él.

Cuando mi padre me vio, acarició mi rostro, puesto que él sabe cuánto me gustan, recordé que él en nuestra casa de la playa me dejaba tener gatos, y se acordó también de aquel día  en que por querer darle de comer a un gato,  fui perseguida por una vaca y yo gritaba histérica por los alrededores, pero no soltaba el plato de comida del gatito.

Recordé también cuando mi hermano y yo escondíamos los gatitos bebés en el sótano, y no terminábamos nuestra cena para llevarle comida a la "mamá gato" para que alimentara a sus pequeños y cuando ellos se iban a trabajar, nuestra casa era invadida por estos hermosos animalitos, los llevábamos a todas partes, las empleadas nos ayudaban a alimentarlos y nos guardaban “el secreto” que en realidad creo que nunca lo fue, a veces pienso que mis padres eran conscientes todo el tiempo de nuestros juguetes con corazones.

Un pequeño gatito extraviado me llevó a los recuerdos más hermosos de mi infancia. Me parece ver a papá en cuclillas frente a mí explicándome el por qué teníamos que regalar a los gatitos bebés, verlo poner a mis mascotitas en una caja e ir a la población más cercana a regalar los gatitos a los aldeanos, salían niños por todas partes y mi papá, mi hermano y yo les entregábamos  los gatitos. Veía los rostros felices de esos niños que se llevaban “mis muñequitos”, pero no me dolía, sabía que estarían bien, pero sabía que los iba a extrañar, mientras tanto mi hermano me susurraba al oído: “No te preocupes, hay otra gata preñada”

Y así transcurrió mi infancia y la de mi hermano, entre peluzas, y hoy,  apenas un maullido, apenas una mirada, apenas un ronroneo,  me llevaron a ese maravilloso lugar que existe en la mente y en el corazón que se llama: “Recuerdo”.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

"EL DÍA QUE ME CONVERTÍ EN MADRE"

Los que me conocen saben que nunca estuvo entre mis planes tener un hijo, mi independencia y libertad tuvieron un precio muy grande que pagar. No puedo imaginar mi vida cuidando a una personita que cuando sea adulta me podría culpar por no haber sido lo suficientemente buena madre, además que económicamente se hubiera llevado quizá el 90% de mis ingresos y tiempo y eso en cambio no se lo hubiera perdonado yo. Sin embargo, ahora que mis padres son ancianos y  tengo la bendición de tenerlos a mi lado, cuidarlos y mimarlos, me he dado cuenta que ser madre es hermoso.


Los roles cambiaron y ahora, después de haber sido por tantos años la consentida del hogar, me he convertido en el pilar de sus vidas. No hay mañana en que no entre a su habitación a verificar si despertaron bien, o en la madrugada entrar a su cuarto para constatar que su respiración es normal, desvelarme si enferman, cuidar su alimentación…Ahora, cada mañana, me levanto muy apurada para ordenar las cosas antes de ir a mi trabajo; lo primero que hago es darle sus medicamentos, dejar organizados los suplementos que deben tomar a través del día, salir a comprar el pan y el periódico (algo que hacía mi papá), pero sobre todo darles un gran abrazo y recibir su bendición antes de partir.

“Los ancianos son como niños” me dice la gente y en verdad que lo son, hay una inocencia en sus ojos, una dulzura en sus palabras, callan y esperan, ya no exigen ni ordenan, esperan con ansias tu regreso, así como cuando uno era niño y se emocionaba cuando papá y mamá llegaban. Se emocionan con golosinas, les encanta salir a pasear; aunque en ocasiones tienen esos berrinches de querer quedarse en casa y uno tiene que actuar como “padre” y obligarlos a bañarse, vestirse y salir con uno. Sonrío cuando leo esto, porque eso hacían ellos cuando yo de adolescente no quería salir.

Cuando viajo llevo a mis dos hijos conmigo, ellos dependen de mí, ellos confían en que yo les doy seguridad, en que los voy a proteger, en que no les voy a fallar; ellos, mis “súper héroes” me ven ahora como la heroína de sus vidas. Los veo cada vez más dulces, más lindos, más míos y sé que soy tan afortunada porque esta dicha que estoy viviendo no todos la pueden gozar. Mas sé también que no será eterna, que esta llama algún día se extinguirá, que esos brillantes y tiernos ojos algún día apagarán su brillo y ya no estarán conmigo, que partirán para quizá, si es que hay vida eterna, volverlos a encontrar. Pero el día que ellos no estén, haré como hacen las buenas madres que dejan partir a sus hijos a buscar nuevas oportunidades, a hacer su propia vida, los dejaré marchar libres sin ataduras a ese lugar donde sólo Dios sabe ellos irán, y finalmente, sabiéndolos felices y en paz, de seguro sentiré en mi corazón ese vacío que sienten las madres al ver “el nido vacío”, pero con la satisfacción del trabajo bien hecho, de la entrega dada con amor.
Entonces, que nadie me diga que no sé lo que es ser  madre, porque tengo dos hijos maravillosos, que no los parí, pero que en su vejez crecieron en mi corazón, siempre los amé y respeté, pero ahora los venero con toda mi alma.


miércoles, 23 de julio de 2014

"TERMINATOR" Y YO




Observando la película Terminator “La salvación”, con uno de mis actores favoritos: Sam Worthington, me he vuelto a enamorar de esos ojos azules que me quitan la razón. Y ahora no sé, si escribir de la película o de mi amor platónico lol. En realidad quisiera analizar un poco el mensaje que esta película acaba de dejar en mí (además de dejarme más enamorada que nunca de este maravilloso actor de ojos color cielo) en esta noche de insomnio.

Como ustedes ya saben es una película que juega con el presente, pasado y futuro. No quiero entrar en la sinopsis de la película, pero sí en el mensaje que una obra del séptimo arte nos puede dejar.

Una historia en la que el protagonista piensa que si los seres humanos nos comportamos como máquinas, no tiene sentido querer acabar con el dominio de ellas. Una historia en la que el “Terminator” tiene sentimientos humanos y me pregunto: Cuántas veces nosotros hemos actuado como máquinas, autómatas, a veces hasta sin sentimientos, ya que por el trabajo solemos olvidar a las personas que amamos, y cuántas veces una máquina tiene la función de nuestra memoria y corazón, que tiene que recordarnos el cumpleaños de un ser querido o ayudarnos a buscar una tarjeta cibernética ya escrita, porque ya no tenemos tiempo para pensar y decir todo aquello que está en nuestro corazón. Hace cuánto tiempo no escribes una carta con tu puño y letra (yo aún lo hago y me encanta) Hace cuánto tiempo dejamos escapar esa parte humana nuestra para dársela a una máquina, a un recordatorio artificial.

“Quiero encontrar al que me hizo esto” dice Marcus, el robot cuyo cuerpo humano fue donado a la ciencia para crear al “Terminator”.  Yo también quisiera encontrarlo, y decirle que un “like” no significa “te quiero” “te extraño” “te amo” “me gustas” que el Whatsapp no une grupos, los desintegra, que no hay mejor cosa que la palabra, que la persona, que el "tú" y el "yo".

En la película John O’Connor Dice: “Si nos vamos a comportar como máquinas, no tiene sentido luchar contra ellas”. No creo que la humanidad llegue al extremo de ver su vida en riesgo por un robot, pero sí veo el peligro de comportarnos como tales y que esto desmiembre familias, noviazgos, amistades, por la frialdad de un correo, de una pantalla, de un teléfono.

No estoy para nada en contra de la automatización, de hecho, la amo; las redes sociales me han ayudado a encontrar amistades que creía haber perdido, pero lejos del Skype, del whatsapp, del Facebook, para mí lo hermoso fue reencontrarlas en persona nuevamente y poderlas abrazar y demostrar lo importante que fueron, son y serán en mi vida.

Que la tecnología sea un instrumento para continuar nuestra vida humana, que los sentimientos se los sigan expresando mirando a los ojos, tocando las manos, no con íconos, stickers, figuritas… sino con tarjetas de verdad, con besos de verdad, con cartas de verdad. Demos un vistazo hacia atrás y observemos también lo que hubo de bueno en otras décadas. Yo aún me deleito cuando llega correo  a casa, debo admitir que casi nunca, porque más fácil es enviar un email.  Cómo serían esos amores de antaño? cuando las cartas demoraban meses en arribar y la persona esperaba fiel y enamorada al amor de su vida.

En fin, una tonta reflexión quizá es lo que me ha dejado esta película, que debo admitir si no fuera por Sam Worthington, no la hubiera visto. Pero así es el amor, entre suspiros observé a mi amor platónico representar a una máquina con sentimientos humanos. Y me pregunto, cuántos van por la vida de esta misma manera, viviendo como máquinas, como humanos sin corazón, como robots de carne y hueso.

Y termino con una frase de John Connor: “Somos nosotros quienes hacemos el destino” Así que amigos, no importa si las máquinas llegan a dominar el mundo, mientras quede un pequeño rastro de humanidad en nosotros, habrá un hermoso futuro por vivir.


martes, 29 de abril de 2014

LA INEVITABLE MUERTE


Se comienza celebrando la vida, los primeros años, la comunión, las quinceañeras, las graduaciones, después de eso, ya nos convertimos en adultos, entonces empezamos una nueva etapa de celebraciones: nuestras incorporaciones universitarias, uno que otro matrimonio a la prisa entre tanto estudio, hubieron quienes dejaron de estudiar por empezar con una carrera más estricta y de tiempo completo que es la de ser madre, sin saber que las profesiones se pueden combinar y llegar a triunfar en ambos aspectos con algo de disciplina. Empezamos después  los “baby showers”, los bautizos, el primer añito, y de pronto así sin más, las quinceañeras de nuevo, las graduaciones otra vez, pero ahora ya los de otra generación… y los sepelios.

Y entonces, recién entonces, caemos en cuenta de la fragilidad de nuestras vidas y sobre todo la de nuestros padres, tíos, abuelos, amigos, hermanos... No sabemos en qué momento la vida apresuró su santo paso y empezamos a envejecer aunque apenas lo percibamos porque nuestros corazones permanecen intactos, empezamos a envejecer si hemos sido lo suficientemente afortunados y nuestro andar no se detuvo en el camino.

Este año, que pensaba yo sería el más venturoso de mi vida, ya he despedido a algunas personas: primero fue el hermano menor de una gran amiga, después un ser muy querido perdió su batalla contra la muerte, al poco tiempo partió la alegre madre de una hermana de la vida, (también dos lindas ancianitas del barrio) y hoy, así, abruptamente muere un tío; esos tíos que aunque no están perennes en tu vida, nunca faltaban al cumpleaños de mi madre ni a ningún cumpleaños de mis tías, esos tíos que su alegría, educación y cariño hacía que siempre estuviera presente no solo en eventos familiares, sino en el corazón.

Y ahora, así nada más, veo cada vez más frágil y más cercana a la muerte, y aunque sé que es un proceso natural, yo quiero que se aleje, no quiero que mire a mis padres, no quiero que se acerque a mis hermanos, sobrinos y amigos. No le tengo miedo a la muerte, le tengo miedo al dolor, a la soledad, al sentir que nunca más abrazaré a esa persona y bendigo que todavía mis días estén llenos de ellos.

Una vez me preguntaron mis alumnos si le tenía miedo a la muerte y yo contesté que no, que a lo que le tenía miedo era a morir antes que mis padres, porque no quisiera que ellos sufrieran un dolor así. No, no le tengo miedo a ese estado de paz, tengo miedo a perderlos, miedo a no poder expresar todo lo que tengo en el corazón.

La muerte trae consigo tanta nostalgia, tanta tristeza, y al mismo tiempo paradójicamente trae vida, trae unión; hermanos que se vuelven a unir, hijos que se reconcilian con sus padres, tristezas que al fundirse en fraternal abrazo pesan menos. Y ves la ternura, ese amor que no se expresa todos los días, no porque no lo sientas, simplemente crees que está implícito, pero aflora cuando ves la fragilidad de tu hermano menor o cuando ves al fuerte de la familia quebrarse y llorar con desconsuelo, ese abrazo que te une más como familia, como hermano.

Y qué decir de la felicidad que te da entre llanto encontrar a todos tus amigos y familiares, es una ambivalencia de sentimientos, y aunque tus ojos estén llenos de lágrimas y tu corazón de dolor, el abrazo de tu amigo, de tu hermano, de tu familia, hace que sonrías mientras lloras y por momentos hasta olvidas que estas despidiendo a alguien muy querido y ríes de ocurrencias ajenas. Y no es falta de respeto, no, es un estado del alma. En este mes he dicho adiós a la mamá de una amiga, contemporánea a mi mamá, y a mi tío querido. Dios fue bueno con ellos, les dio larga vida con salud, y ese milagro lo reclamó para sí cuando menos lo imaginamos. En este mes me he dado cuenta una vez más de lo afortunada que soy, de la magia que Dios ha permitido en mi vida, de tener a mis viejitos a mi lado, con todas sus travesuras de niños añejos, doy gracias por aún poder despertar y tocar sus ancianos rostros llenos de amor, besar sus manos con surcos de una vida hermosamente trabajada, observar su gratitud en esos ojitos que reflejan incertidumbre hacia el mañana.

Cada día es un adiós, cada día es una nueva aventura; tengo a mi lado dos grandes exploradores de emociones, dos “Indiana Jones” que cada nuevo año le dan gracias a Dios por la vida y sólo le piden “Que los deje vivir otro nuevo año, porque la vida es linda” y sin duda la vida lo es, y para ellos aún más porque llegaron juntos, tomados de la mano por todas las estaciones del tren de la vida.

La vida se resume en una sola palabra: “Amor” y mientras este sentimiento desborde tu ser, qué más da cuándo y cómo sea el día de tu partida. Por ahora disfruto de la dicha de estar viva y de tener a mis amores junto a mí, ¿Hasta cuándo? ¿Quién sabe?, pero hasta que dure, será eterno.   

lunes, 29 de abril de 2013

EL PAYASO "NACE Y RENACE"

 

¿El payaso, nace o se hace? Esta fue una pregunta que se hizo en nuestro entrenamiento a “Doctores Clown”, la respuesta fue dividida, algunos decían “Nace” otros “Se hace”.

Todo buen payaso saca lo mejor de sí, es decir su niño interior, ese niño travieso, amoroso que nos encargamos de mantenerlo dormido en el corazón. Ese ser puro y amoroso, ese ser que es capaz de asombrarse con pequeñeces, de conformarse con minucias, de amar así porque sí, sin dar mayores explicaciones; sólo amar y también de tomarse el derecho de rechazar a quien no considera de su agrado y alejarse jugando, sin resentimientos. Ese ser que desafortunadamente se va transformando, a medida que se va desarrollando,  en un desconocido; en ocasiones hasta para sus propios padres e incluso para sí mismo.

Todos quisiéramos poder actuar con la espontaneidad con la que actúa un niño, decir las cosas que queremos, llorar si se nos antoja ante un deseo no cumplido, hundirnos en nuestros pensamientos y juegos y simplemente dejar que nuestra mente vuele lejos, en ese mundo mágico donde siempre somos felices. Sin embargo, en ocasiones, cuando la pena, la ira, la alegría... se apoderan de nuestro ser y queremos actuar como lo hubiéramos hecho en nuestra infancia, siempre hay alguien que te dice que es triste que te comportes “como un niño”, y al hacerlo se reprime aún más nuestro deseo ; pero es que comportarse como tal, no siempre es un  acto de inmadurez, sino simplemente un acto de LIBERTAD.

“Que son cosas de niño me dices… ¡Quién me diera,
 tener una perenne inconciencia infantil,
 ser del reino del día y de la primavera,
 del ruiseñor que canta y del alba de abril!
¡Ah, ser pueril, ser puro, ser canoro, ser suave
 trino, perfume o canto, crepúsculo o aurora;
 como la flor que aroma la vida… y no lo sabe,
 como el astro que alumbra las noches… y lo ignora!"

 Medardo Ángel Silva  (“Se va con algo mío la tarde que se aleja)

 
Así de sencillo, como lo describió Medardo Ángel Silva en su poema, así es un niño. Quizá si él hubiera leído y practicado lo que él mismo escribió de ese ser que vivía dentro de él, si hubiera sacado su payaso hubiera podido ser feliz, su final hubiera sido otro y no la tragedia que le tocó vivir.
Dentro del corazón nuestro existe un niño amoroso, que pide a gritos salir, jugar, amar; ¡ah! Y cuántas veces lo reprimimos y cuántas veces lo humillamos, cuántas veces lo reprendemos, porque sencillamente “Debemos madurar”.
Nosotros, los payasos, somos tan afortunados; porque tenemos la oportunidad de hacer “renacer” nuestro niño, a ese juguetón implacable que todo lo puede, que todo lo conquista, que todo lo sueña. Somos capaces de crear con nuestra imaginación una vida distinta y traerla de un universo lejano a nuestras vidas. Somos capaces, gracias a la magia de nuestra nariz de cambiar vidas, empezando por la nuestra, empezando por la de los seres que amamos. Un solo abrazo resume amor, una sola mirada transmite energía y si es  “con una sonrisa” es mejor.
Sí mis queridos amigos, “El payaso nace” y nace en el momento en que cierras los ojos y oyes latir tu inocente corazón, y “renace” en el momento en que lo dejas habitar en tu mundo, en tu esencia, en ti.

viernes, 26 de abril de 2013

MIS AMIGOS, MIS HERMANOS.


Sigo en el camino al descubrimiento de mí misma y en este descubrimiento voy también aprendiendo a conocer y a amar a personas que hasta hace pocos días no significaban nada en mi vida, no porque no fueran importantes, sino porque sencillamente hasta hace pocos días no sabía que existían, no las conocía.

Hoy, el panorama se presenta distinto, hay algo que va más allá del deseo de ser un “Clown humanitario”, es algo que se mueve en la sangre, se respira en el ambiente y se exhala con amor, es un sentimiento  inmenso, es una esperanza, una promesa, es…¿felicidad?

Y mi respuesta es sí, es una especie de FELICIDAD, porque la felicidad es un trayecto de pequeños  momentos, de grandes alegrías, de torpezas y triunfos, y en este sendero en el que caminamos en busca de algo que en ocasiones ni sabemos qué es, pero que sabemos que es aquello que nos hace falta para estar completos, me encuentro  con seres que tienen mis mismos sueños y anhelos y los observo  y así, sin más, sólo porque el corazón me lo dice, los llamo “Amigos”. También llega a mi mente y a mi corazón el recuerdo de mis amigas de toda la vida, compinches del alma y de mis amigas de trabajo, de estudio, ¡¡Dios qué afortunada soy!!

La amistad es el más sublime de los presentes, es algo que se te entrega a manos llenas, es el corazón de otra persona en tus manos, es un tesoro que se debe proteger, es una semilla que se debe cultivar, es el ave que debes dejar volar, es el agua que debes dejar correr, pero sobre todo es el hermano al que debes respetar, amar y  cuidar.

Al hablar de amistad recuerdo una escena de una de mis películas favoritas “Corazón valiente”. El protagonista, Wallace, tiene un enfrentamiento a muerte con un caballero desconocido, el cual cubre su rostro con una máscara de hierro. Wallace cae de su caballo y finge desvanecimiento, cuando de pronto su contrincante se acerca y éste es embestido por el guerrero.  Wallace con un cuchillo en mano, teniendo la oportunidad de arrancarle la vida a su enemigo de un solo corte en el cuello, quiere ver los ojos de su adversario. Aquí comienza para mí una de las escenas más sublimes de la película; el momento en que Wallace desenmascara a su enemigo, ¿enemigo? Pues la sorpresa para el personaje es totalmente dolorosa, ya que se da cuenta que quien estuvo a punto de quitarle su vida había sido su propio amigo, aquel en que él había confiado. Wallace había tenido en sus manos el poder de la vida o la muerte, pero retrocede a paso lento, confundido, aturdido; luego sentado en la hierba, lo mira, con la inocente mirada de un niño al que le has quitado un sueño, con unos ojos interrogantes y sumidos en un ¿por qué?, lo observa y llora, ¡¡EL GUERRERO LLORA!!, ante aquello que aniquila el corazón de cualquier ser humano, “la traición de un amigo”,  porque podemos esperar incluso la traición de la persona que prometió amarnos hasta la muerte…pero ¿de un amigo? Ese tipo de traición es el puñal de doble filo más doloroso que puede haber.

La escena continúa con un Wallace llorando sin palabras, sin gemidos, sólo observando a su ingrato amigo y retrocediendo con infinito dolor, incrédulo de aquello que observaba. Su aflicción es tal, que incluso viendo que otros guerreros se aproximan para robarle la vida; él, tan sumido en ese dolor, se recuesta sobre la hierba a esperar la muerte. El hasta entonces amigo, ve que la vida de Wallace corre peligro y lo salva. Trepa a Wallace en un caballo y lo ve partir
¿Por qué Wallace cuando tuvo la oportunidad, no mató a su traicionero amigo? ¿Por qué su ingrato amigo cuando había la oportunidad de que asesinaran a Wallace, le salva la vida? ¿Cuál podría ser la respuesta?
Pues analizo la escena y también cosas pasadas en mi vida y me atrevería a contestar que el amor de la amistad va más allá que cualquier otro amor, que somos seres imperfectos, y que en ocasiones somos capaces de lastimar lo que más amamos. Particularmente, hasta ahora (y espero nunca hacerlo, ni en forma consciente o inconsciente) no he traicionado amistad alguna, pero sí he sido traicionada en muchos aspectos. Sin embargo, aunque las cosas nunca vuelven a ser igual, hay algo en el corazón que no te permite rechazar por siempre a esa persona en tu vida. En algún momento, aquel amigo que te falló, sencillamente se dejó llevar por circunstancias, por sentimientos, pero el verdadero amigo, ese que tú quieres y amas, está allí todavía, en alguna parte de su ser; esperando de ti sólo un abrazo, un perdón, una sonrisa.
En ocasiones el orgullo y la desconfianza no permiten este tipo de reconciliación ¿Se podrá confiar de nuevo? Me atrevo a decir que no enteramente, pero nunca, nunca se deja de querer.
En el sentimiento de la amistad, hay parámetros totalmente diferentes. La pareja, los padres, los compañeros de trabajo, de estudio…todos traen consigo un amor distinto; pero el AMIGO, el amigo encierra todo, es un cúmulo de virtudes y defectos que aprendes a amar y a tolerar, por eso es tan difícil desprenderse de uno, por eso al que ya no está lo extraño; al que se ausenta, lo llamo; al que me lastimó lo comprendo y lo sigo queriendo...
Dicen que “Los amigos son la familia que Dios nos permite elegir” debo admitir que mi familia de amigos es tan amplia, unos más allegados que otros, otros son eternos e incomparables, otros lejanos pero nunca ausentes... agradezco a cada uno de ellos por tolerarme día a día, por aceptarme con mi baúl repleto de defectos, por también poder observar mis virtudes y amarlas y sobre todo por amar el “paquete completo”.  Gracias por estar cada día para mí, así sea en la distancia a miles de kilómetros, gracias por estar sólo a la distancia de un mensaje o una llamada, gracias por compartir un café o una noche en cualquier bar, o frente al mar o al río, o simplemente observando mis ojos y sonriendo, gracias por enjugar mis lágrimas y darme ese abrazo tan deseado,  gracias por celebrar mis triunfos y ser sobre todo compinches de mis locuras. 

Sé que en más de una ocasión te he metido en problemas, porque me gusta desplegar mis alas y volar, volar, volaaaaaaar, pero también sé que  siempre me ayudarás a emprender mi vuelo así no me comprendas y a mantenerme en tierra cuando sea necesario o cuando me bordeé el peligro. 

Gracias amig@ querid@ por tomar mi mano y no decir palabra alguna o decir el siempre odiado "te lo dije", por acariciar mi espalda mientras miro al cielo, por cantar conmigo, aunque lo haga desafinadamente; por soñar conmigo así sólo sean utopías, gracias amig@ por caminar a mi lado e incluso delante mío guiándome el camino. Gracias por ser y estar…¡¡Qué digo “Amig@”!! gracias por ser mi herman@, mi herman@ tan querid@.