jueves, 13 de abril de 2017

"SER MAESTRO"

Cuando decidí ser maestra, recuerdo las dos frases que me dijera mi papá: “Es la más linda e ingrata de las profesiones”, te encontrarás con muchos alumnos que te recordarán con aprecio y cariño,  pero también te encontrarás con la ingratitud de algunos, y eso es algo que debes aprender a discernir. Otra de las frases que recuerdo de mi padre es: “Ser maestro te llenará el alma, pero no el bolsillo”, esta frase la dijera en una época en la que el maestro ganaba tan poco y para subsistir necesitaría hasta dos o tres empleos y toda la energía requerida. Ninguna de esas cosas hizo que mi padre, ni ningún buen maestro que conociera, desistiera de enseñar a generaciones de personas y ser parte de su formación.
Desciendo de generaciones de maestros, lo llevo en mi sangre, en mi ser. Fue la mejor decisión de mi existencia, la mejor. No imagino mi vida sin observar esos ojos nuevos, llenos de vida, vibrando por conocer el mundo, por vivir. No imagino mi vida, sin el saludo matutino de quienes son mis pequeños maestros, la luz de mi conocimiento, la motivación de seguir adelante. Ellos, mis niños, cada día al entrar a la clase son esa magia por la que despierto cada día.

Los verdaderos maestros no esperamos ser reconocidos en un gran homenaje, los verdaderos maestros vibramos de felicidad cuando nos enteramos del triunfo de algún discípulo y nos convertimos en secretos admiradores de ellos, llenando nuestro corazón de orgullo por haber formado parte de su educación.

Ser maestro es la más grande y hermosa de las bendiciones. Es humildemente, la profesión por excelencia, es un puente entre el presente y el futuro, es la magia del conocimiento, la antorcha de la verdad.

Si volviera a nacer, seguramente volvería a ser maestra, porque para mí, un maestro no se hace, un maestro nace. No es lo que aprendes en la Universidad, no es si te convierte en licenciado, máster o doctor, allí no aprendes a ser maestro, aprendes a mejorar tus técnicas, a innovar a crecer como profesional, pero maestro, a mi criterio, con esa virtud; se nace, y yo nací para educar, con las imperfecciones de mi humanidad, pero con el gran corazón de educadora, con el espíritu de todos los que me antecedieron en esta noble, hermosa y cándida profesión.


Felicidades a todos mis colegas, a los que son, a  los que fueron y a los que serán. Hoy, es un hermoso día para celebrar el haber nacido para enseñar.

martes, 15 de noviembre de 2016

MI SUPERHÉROE

Durante muchos años vi a mi padre como un ser invencible, un hombre de acero, un superhéroe al cual podía recurrir cuando enfrentaba problemas profesionales, de salud, estudiantiles, cualquier problema,  menos sentimental o existencial. Ese superhéroe inalcanzable, diferente a la perfección de los cómics, ese superhéroe  que levantaba la voz con un “carajo” y dejaba a todos callados, quien nunca o casi nunca admitió un error. Mi superhéroe de la vida real no era perfecto, pero igual siempre lo amé y admiré, aún lo hago y siempre lo haré.

Debo admitir que mi relación con mi padre nunca fue la mejor, precisamente porque yo rechazaba en él, aquello que detestaba en mí misma, porque somos tan iguales y tan diferentes al mismo tiempo. Cada uno quería tener la verdad absoluta y la razón y eso nos enfrentaba en cruentas batallas de egos casi todos los días. Mi autosuficiencia e independencia se rebelaban ante su carácter controlador e imperativo. Recibí muchas, muchas amonestaciones que durante mi adolescencia y parte del inicio de mi vida adulta me llenaron de resentimientos y sin sabores, pero llegó el momento de perdonar. De dejar ir a esa adolescente lastimada y ver crecer en mi corazón a esa hija agradecida. Sus métodos fueron muy ortodoxos, es decir, muy rígidos, y en ocasiones flagelantes, pero debo admitir; que si no hubiera sido por su determinación, con mi manera loca de ver la vida, con esas ansias de comerme el mundo, quizá yo no estuviera donde estoy, tal vez necesitaba ese freno que él impuso, para no caer en picada desde el cielo, una vez que me dejaron volar. Claro, hubiera deseado tener un padre un poco más comunicativo, más amigo, más “papá” y menos “general”, que me infundiera más respeto que temor, pero así eran los padres de antes o al menos así era el mío.

Recuerdo que cuando éramos niños, mi hermano intermedio y yo salíamos a jugar con los niños del campamento, sabíamos perfectamente que nuestro padre haría tres llamados con su conocido “chiflar”, si al tercer llamado no estábamos en casa, el recibimiento era un correazo (o más de uno) en las nalgas y mejor no protestar, pero jamás nos enviaba a la cama sin comer, porque él jamás quiso que supiéramos lo que era dormir con el estómago vacío. Mi hermano y yo por lo general siempre esperábamos el tercer silbido y cuando eso ocurría, corríamos más rápido que cualquier velocista olímpico para evitar el cuero en nuestro trasero.

Mi superhéroe, sencillamente, no era perfecto, pero seguía siendo un héroe de carne y hueso para mí. Podía enfrentar cualquier tormenta que se le presentara que siempre saldría adelante; su criptonita, sin embargo, siempre fueron sus recuerdos de una infancia difícil  y un batallar en su juventud. Las melodías lo transportaban a momentos agridulces y terminaba en un llanto sin fin que entristecía su entorno y el de los demás, incluso las alegrías lo ponían nostálgico, su personalidad era (y es) eufórica y también depresiva. Todos sabíamos que en poco tiempo él volvería a reír. Siempre encontraba razones para hacerlo y creo que una de esas inefables razones fue mi madre.

Mi superhéroe se está debilitando, su criptonita actual son el peso de los años y las dolencias que suelen acompañar a la sabiduría de la ancianidad. Mi superhéroe envejeció y siento un infinito amor por él. Un deseo de protegerlo y cuidarlo de tal manera que siento que el tiempo no me va a alcanzar para demostrarle cuánto, a pesar de las diferencias, lo amo. Ya no importan los desacuerdos, ni la imponencia que solía tener para hacer respetar su opinión, ya no importa la disensión que tuvimos durante mi adolescencia e incluso ahora en mi etapa adulta. Ya no importa cuán diferentes éramos a pesar de nuestra similitud, ya no importa cómo era él, ahora sólo él importa.

Mi superhéroe es ahora muy dócil para tomar su medicina, pero muy obstinado para las comidas, se escapa a escondidas a comprar aquello que no puede comer, como yo cuando huía de casa a comprar golosinas, le llamo la atención como él lo hiciera cuando yo era una niña, primero por salir sin permiso y segundo por comer lo que no me estaba permitido.

Mi querido viejito, el tiempo está cumpliendo su meta, y yo no lo puedo detener. Cada día sé que es uno menos a su lado, y ruego con el tesón de mi corazón que me permita cada día despedirme de él. Tener esa sonrisa en mis labios que tanto anhela y abrazarlo con todo mi corazón. Algunas despedidas son largas y pretendo hacer de esta lo más larga posible para mantenerlo a nuestro lado por algunos años más, si esa es la la voluntad de Dios.



martes, 20 de septiembre de 2016

"OTRA OCASIÓN ESPECIAL"

¿Recuerdan la historia de aquella mujer que fue sepultada con un traje de lencería nuevo? Su esposo había encontrado ese atuendo íntimo guardado entre sus pertenencias, porque ella esperaba por una “ocasión especial” para usarlo y él con mucha tristeza la vistió con él el día de su velorio, porque dijo en tono sarcástico y al mismo tiempo doloroso: “Supongo que hoy es esa ocasión especial” y hace la reflexión de lo sucedido. Bueno, este breve preámbulo es el inicio para contarles la nueva manera de ver la vida para mí. Esta historia la leí hace tantos años ya y nunca fue tan evidente en mi vida como ahora.

En este año he sido sometida a dos cirugías en menos de seis meses, y la verdad nunca pensé que iba a pasar por una situación así en mi vida, ¡Jamás! Y al igual que la protagonista de la historia inicial, yo tenía guardada ropa y zapatos que los conservaba para una “ocasión especial”. Luego de salir de la segunda cirugía, la cual fue aún más invasiva que la primera, puesto que me tuvieron que cortar el intestino y no se descartaba la posibilidad de vivir con una colostomía por un tiempo, después de ello, me puse a pensar en que si Dios hubiera decidido tomar mi vida, hubiera dejado tantas cosas sin usar y sobre todo, hubiera dejado de hacer y decir tantas cosas, pensando en que podría tener tiempo para hacerlas el día de mañana. Fue entonces que recordé que esta mujer había muerto sin disfrutar de la suavidad de su ropa íntima y quizá sin la suavidad de un abrazo y de una palabra de amor a su esposo, quizá dejó muchas cosas para después.

Han pasado tres meses desde mi última cirugía y aunque mi cuerpo no tiene todavía el ritmo de antes, puesto que por dentro todavía está sanando, algo que se recuperó inmediatamente en mí fueron las ganas de vivir, de disfrutar cada amanecer así me muera de sueño por despertar temprano, del abrazo de mis padres, de las sonrisas de los amigos, del consejo recibido y por qué no también del enojo, del desacuerdo, de las lágrimas…disfruto todo, porque hasta lo que pensamos es negativo, llega a tener algo de sabiduría que nos enseña a mejorar o a superar errores y corregirlos.

Hoy me veo en el espejo y veo a una mujer llena de vida, porque es lo que refleja mi alma. Renovada, con ganas de comerme el mundo nuevamente. Soy una mujer que saca las etiquetas de sus vestidos nuevos y los luce como si cada día fuera a una fiesta, que abre la caja de sus zapatos y calza  aquel par de zapatos de tacón que estaba destinado sólo para fiestas, que destapa su perfume favorito y se lo pone para que sus estudiantes, amigos y compañeros perciban su aroma. Hoy me veo en el espejo y veo el brillo de mis ojos, el brillo de mujer enamorada, enamorada del amor y de la vida, y sé que NUNCA más dejaré algo para luego, nunca más guardaré un “te quiero” para después, jamás esconderé mi amor por las personas por orgullo ni por vergüenza, abrazaré cada día como si fuera el último y comeré lo que pueda mientras me esté permitido, cantaré con el alma así mi voz no tenga registro alguno, bailaré las canciones de mi juventud y las modernas que más me gusten, me sentaré frente al mar bajo una sombrilla y mostraré orgullosa mis cicatrices de guerra, tomaré las margaritas que tanto me gustan, porque la vida es mía y siempre he pensado ha sido mi mayor presente.

Hoy me veo en el espejo y digo GRACIAS, gracias porque puedo hacerlo y tuve la oportunidad de no dejarlo para después.

Hoy es un día especial, por lo tanto he escrito esto, ¿Por qué iba a dejarlo para luego?

lunes, 11 de enero de 2016

"BENDITO TUMOR"

Y así, sin más llegó la noticia, tenía un intruso en mi cuerpo que ni hacía bulla ni causaba malestar, estuvo ahí quién sabe cuánto tiempo y de pronto un día sin más, se hizo presente para ayudarme a recordar lo hermosa que es la vida y el temor que siempre existe ante la probabilidad de que un invasor como éste, acabara por siempre con mis sueños y la alegría de pensar en llegar a esos años en que los recuerdos son la más hermosa realidad .

Transcurrió menos de una semana en la cual asimilé rápidamente mi estado de salud, llena de optimismo y con la convicción con la que he llevado toda la vida mía, decidí en esta ocasión una vez más “tomar al toro por los cuernos” y hacerme todo tipo de exámenes para descartar lo peor…sin embargo lo único que podría descartar esto, era sacarlo de mis entrañas, arrancarlo de mí y despedazarlo en un laboratorio hasta obtener el resultado fuere lo que fuere.

Recordé cuando un estudiante me preguntó una vez si yo le tenía miedo a la muerte, una pregunta que aunque increíble que parezca, hasta ese momento jamás me la había hecho…recuerdo que lo pensé por varios segundos y mi respuesta fue: “No, no le tengo miedo a la muerte, creo que es un estado diferente, nada más; pero sí tengo miedo a morir antes que mis padres, porque ese dolor debe ser el más terrible de todos” y por un momento pensé en qué pasaría si este intruso alterara todas las células de mi organismo hasta provocar ese temible desenlace. Sin más qué decir ni pensar, apenas con un hilo de voz de sólo imaginarlo, pedí a Dios la gracia de ser yo quien despidiera a mis padres y no lo inverso, y sentí una vez más en mi corazón su respuesta “Todo es perfecto” y entendí que esa era su promesa y que Él estaría a mi lado sea cual fuere el resultado, aunque de antemano siempre supe que la respuesta sería que todo continuaría así, como hasta ahora e incluso mejor, a pesar de que por un momento en mi corazón estuvo la disyuntiva de creer o no, yo decidí CREER.

En una de mis citas médicas le pedí a un taxista amigo que me llevara al consultorio y recordando que él profesaba el cristianismo, le pedí que orara por mí, para que todo estuviera bien y fue así como él me invitó  a un culto de sanación al que al principio me rehusaba un poco a ir, porque conozco cómo son los cultos de la religión evangélica y aunque hermosos, por “costumbre” o "fidelidad", prefiero los de mi religión, aunque sé perfectamente que Dios es uno y eterno, que no es cuestión de religión ni de creencias, sólo es cuestión de fe.

Si hay algo que me gusta de los cultos ya sean evangélicos o católicos es lo feliz que está la gente al verte llegar, eres como esa oveja descarriada que finalmente se une al rebaño y todos celebran tu llegada, los saludos de mano, besos y abrazos te hacen sentir tan bien, esa calidez con la que eres recibido, como si todo el mundo supiera por lo que estás pasando, cuando en realidad nadie lo sabe, incluso uno mismo.

Hay algo que me impresionará siempre y es cuando el Espíritu Santo se hace presente y la gente empieza a danzar o desmayarse sin poder controlar su cuerpo, sus músculos. En ocasiones pienso “histeria colectiva” o “verdadero milagro” no soy escéptica, no, pero es algo que nunca dejará de asombrarme, habiendo incluso recibido esa maravillosa unción que es descansar en el Espíritu Santo. Suelo ser muy observadora, pero de los rostros y de los comportamientos, y en esos rostros había más que paz, había un dolor apretado en el corazón que de una u otra manera querían que algo poderoso los alejara de eso. Y se sentía la alegría y la devoción entre el escándalo de los timbales, la batería, la guitarra eléctrica y la bulla de la oración, mientras sus ojos estaban cerrados, apretados con firmeza, alababan, lloraban, gemían, caían, se desmayaban, convulsionaban…Y yo…yo solo quería la paz que encuentro en el altar de mi iglesia, arrodillada ante Él (ante esa imagen por la que nos llaman idólatras) agradeciendo y orando por los que más amo, incluyéndome brevemente en esa petición, pero en un estado de relajación absoluta…sólo Él y yo.

Y de pronto, el escándalo termina, el llanto y la histeria también y todos entran en un estado de paz y tranquilidad, como en un trance que finalmente me permite disfrutar de mi oración. Y así con mis ojos cerrados pidiendo a Dios que me sane y que reprenda cualquier espíritu de enfermedad de mi cuerpo, del de mi madre que está postrada en una cama, pidiendo protección para mi familia y amigos…siento de pronto un cálido y apaciguador abrazo que me hizo entre sonrisas abrir mis ojos, era la madre de mi amigo quien se acercaba para preguntarme, con una dulzura, que me recordó a la de mi madre; si quería que oraran por mí. Me dirigí hacia el pastor quien sin saber cuál era el mal que me aquejaba puso sus manos precisamente en el lugar donde esa masa había hecho su hogar, se sentía calientito y palpitaba, de pronto empezó como a doler, algo que nunca antes había pasado porque había sido totalmente asintomático. Y él sopló en mi frente y aunque yo sabía que iba a caer, mi cuerpo se resistía como en ocasiones anteriores, hasta que el Espíritu toma fuerzas y me dejo vencer con felicidad. Una vez desmayada, pero en total estado consiente, con esa paz que sólo aquellos que han descansado en el Espíritu Santo saben, escuchaba cómo todos se reunían en círculo para orar por mí. Me incorporé, y sonreí complacida, Dios una vez más había enviado su Espíritu Santo para reconfortar mi alma. Fue después de eso que una persona que tenía el “Don de visión” dio testimonio diciendo que al estar orando el Pastor ella había visto ángeles rodeándolo y que cuando estaba orando por mí, ella vio rayos que salían de mi cuerpo y un remolino se había formado en el centro del salón llevándose lo malo que me aquejaba, que Dios le había dicho que no había enfermedad y yo estaba sana… ¿Y saben qué? Lo creí, sí lo creí, muchos pensarán que estoy demente al hacerlo, porque… ¿Qué tal si esta señora era una loca que creía tener el don de visión? ¿Qué tal si el querer creer te hace cometer errores?...La lógica ante la Fe, siempre será la mayor de las disyuntivas.

Al día siguiente, recordando el testimonio de la vidente, fui a hacerme otro examen, con la absoluta convicción de que no lo encontraría y que allí acabaría mi dilema. Mas al buscar al invasor, éste fue encontrado nuevamente, pero presentaba características diferentes, aunque aún conservaba las mismas medidas, ya no estaba tan sólido ya no era sólo masa, había algo líquido que antes no se encontraba…buscaron explicaciones para eso, pero el resultado estaba allí. No hubo ese tipo de milagro que uno ve en las películas o que la gente te cuenta en testimonios, sobrevivientes de enfermedades catastróficas sanados de un día para otro…no, no lo hubo, pero no sentí decepción, sentí igual que su bendición seguía conmigo, a pesar de que “eso” seguía ahí, sabía que si lo habían descubierto a tiempo, fue porque él puso a la persona indicada en mi vida quien hizo que vaya al doctor y gracias a esa persona a quien quiero tanto, a esa persona que Dios puso en mi camino, es que yo estoy contando esta historia.

Tengo la convicción de que Dios siempre obrará de forma misteriosa, no siento ningún arrepentimiento de haber ido al culto, escuchar de mi sanación y aun así, decidir someterme a la cirugía. Seguidores del cristianismo evangélico, pensarán que fue falta de fe, que dejé que mi parte humana arrebatara esa bendición de sanación al no dejar que ese invasor desapareciera solo. En realidad, pienso que Dios le ha dado al hombre herramientas maravillosas como la medicina, para poder también sanar. Y sé que Él, como médico poderoso, será quien tome el bisturí y realice la cirugía y soplará su sagrado aliento para que todas mis células tengan su santa bendición.


El día de la operación llegó. Ese día al despertar informé a mis padres de la operación, brevemente para no causar en ellos una preocupación mayor. Muy pocas personas sabían de mi operación, en realidad poquísimas. En principio me encontraba muy calmada, aunque algo temerosa por la experiencia a la que sería sometida, llegué a la clínica y hablé sobre los pormenores financieros antes de la cirugía e inmediatamente, para mi asombro, fui llevada al quirófano; mi hermano me acompañó y me dio también la bendición antes de entrar.

Era un pasillo pequeño, había cortinas rosadas que separaban cubículos y me hicieron entrar en uno que tenía un sillón de cuero azul muy cómodo, una enfermera muy linda y amable llamada Alicia, me llevó el atuendo para mi operación, una fría bata blanca y un gorro verde que hacía juego con los zapatos de tela. Ella tenía una franca sonrisa, me dijo que esperara y se retiró delicadamente. 

La espera fue breve en realidad, pero sentía que era eterna, de pronto empezaron las lágrimas a brotar sin mayor esfuerzo y un llanto infantil salía de mi pecho, me sentía desvalida, desprotegida, y me puse a orar. La enfermera entró a mi cubículo y con una dulzura maternal me calmó, mientras lagrimones salían de mis ojos. Me llevaron a un lugar previo al quirófano, me pusieron un catéter, que puedo asegurar me dolió más que la cirugía (la cual no sentí) entré a un quirófano lleno de alegría, de doctores felices y enfermeras risueñas que me hicieron sentir mucha paz y seguridad, y de pronto…la nada, todo había pasado, todo estaba de nuevo bien.


El doctor al ir a la habitación me dio la buena noticia, el tumor no había sido tal, era un quiste que por su ubicación daba la apariencia de un tumor sólido. Esa fue la explicación “científica” que él me dio, mas yo tengo dos ecos, el primero en el cual  dice claramente que es un tumor sólido y el segundo; después de mi sanación, que dice que ya no era tan sólido y finalmente la promesa cumplida de Dios, no había tumor y aunque el resultado de la biopsia no ha sido entregado, no tengo temor, porque sé de antemano cuál es la respuesta.

La gente dirá que “los médicos se equivocaron” que suele ocurrir, que no es el primer caso; sin embargo, yo aseguro que Dios obró de la mejor manera y cumplió su promesa una vez más.

Este “bendito tumor” además de hacerme apreciar la vida aún más, de llevarme por los insondables misterios de los cultos, la verdadera fe y religiones, me hizo ver la nobleza del corazón de los amigos, de aquellos cercanos y lejanos que estuvieron pendientes, de aquellos que a pesar de la distancia me tuvieron en sus oraciones, de aquellas amistades que tomaron parte de su tiempo para estar conmigo y hacerme compañía (ir a pagar cuentas, llevarme al baño, hacerme caminar o simplemente tomar mi mano), de aquel amigo que llamó desde el extranjero para saber cómo estaba, de aquellos amigos pendientes a través de un mensaje, de aquella hermana de la vida, que pasó la noche conmigo, me acompañó en mi delirio y veló mi sueño y mi despertar, de aquella joven enfermera que cada vez que entraba lo hacía con una tímida sonrisa porque apenas empezaba a trabajar y no se sentía segura de su desempeño, del señor que servía la comida y robaba gelatina extra para mí y me la llevaba a la habitación con una gran sonrisa, de la señora de la limpieza que me contó sus alegrías y sus penas…tantas vidas juntas, todas entrelazadas.

Su firma ahora está en mi cuerpo, al principio me deprimí por la cicatriz, luego, pedí perdón por lo absurdo de mi vanidad, por lo banal que resulta aquello y agradecí por ella; porque era el sello de su infinito amor por mí, de su palabra y mi compromiso de hacer conocer lo grandioso de su ser.

Amén.









viernes, 24 de octubre de 2014

RECUERDOS



Y de repente una sensación de ternura llega a mi corazón… un recuerdo… melancolía…
Hoy en la mañana, en el trajín de arreglarme para ir a mi querido trabajo; escuché, mientras me arreglaba frente al espejo, un maullar ¿Un maullar? ¿En mi casa? Hace tantos años que no escuchaba un maullar, desde que era una niña. Era fuerte, desesperado, por un momento pensé que era mi papá quien subía la escalera haciendo el maullido para bromear con mi mamá. No presté atención, pero cada vez era más cercano, más fuerte, entonces decidí abrir la puerta y allí frente a mí, la más bella de las criaturas: UN GATO.

El felino y yo nos quedamos observando, lo miré y me acerqué a él, preguntándome, cómo había logrado entrar en la fortaleza de mi “castillo”, me agaché y lo tomé entre mis brazos, se dejó abrazar sin reparos, sentí su cuerpecito tibio, estaba un poco descuidado, pero se notaba que había confundido su hogar. Al bajar la escalera para darle un poco de leche, él observaba todo a su alrededor, parecía decir: “Esta es igual a mi casa, pero no es mi casa” y me miraba con ese mirar que sólo los gatos tienen (¿será por eso que me gustan tanto los ojos azules?), esa ternura innata que tienen, junto a esa elegancia y autosuficiencia. Cada minuto que pasaba, sentía su dulzura, su cuerpecito empezaba a ronronear.

Por un momento regresó a mí, esa niña que vive en mi corazón, que a veces se pierde por las responsabilidades de adulto, y con gato en mano subí las escaleras para mostrárselo a mi madre y como si de repente me convirtiera en esa niña de cuatro años que adoraba los gatos, le pregunté a mi mamá: ¿Puedo quedármelo? Y sentí un apretón en el corazón, esperando quizá a estas alturas encontrar un sí. Mas no fue así, mi madre lo miró, lo acarició y me recordó lo delicado que es para mí tener una mascota, y para ella también por nuestras alergias. Insistí en que iríamos siempre al alergólogo, que justo “ese” gato no botaba pelos =) fue inútil. No me pude quedar con él.

Cuando mi padre me vio, acarició mi rostro, puesto que él sabe cuánto me gustan, recordé que él en nuestra casa de la playa me dejaba tener gatos, y se acordó también de aquel día  en que por querer darle de comer a un gato,  fui perseguida por una vaca y yo gritaba histérica por los alrededores, pero no soltaba el plato de comida del gatito.

Recordé también cuando mi hermano y yo escondíamos los gatitos bebés en el sótano, y no terminábamos nuestra cena para llevarle comida a la "mamá gato" para que alimentara a sus pequeños y cuando ellos se iban a trabajar, nuestra casa era invadida por estos hermosos animalitos, los llevábamos a todas partes, las empleadas nos ayudaban a alimentarlos y nos guardaban “el secreto” que en realidad creo que nunca lo fue, a veces pienso que mis padres eran conscientes todo el tiempo de nuestros juguetes con corazones.

Un pequeño gatito extraviado me llevó a los recuerdos más hermosos de mi infancia. Me parece ver a papá en cuclillas frente a mí explicándome el por qué teníamos que regalar a los gatitos bebés, verlo poner a mis mascotitas en una caja e ir a la población más cercana a regalar los gatitos a los aldeanos, salían niños por todas partes y mi papá, mi hermano y yo les entregábamos  los gatitos. Veía los rostros felices de esos niños que se llevaban “mis muñequitos”, pero no me dolía, sabía que estarían bien, pero sabía que los iba a extrañar, mientras tanto mi hermano me susurraba al oído: “No te preocupes, hay otra gata preñada”

Y así transcurrió mi infancia y la de mi hermano, entre peluzas, y hoy,  apenas un maullido, apenas una mirada, apenas un ronroneo,  me llevaron a ese maravilloso lugar que existe en la mente y en el corazón que se llama: “Recuerdo”.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

"EL DÍA QUE ME CONVERTÍ EN MADRE"

Los que me conocen saben que nunca estuvo entre mis planes tener un hijo, mi independencia y libertad tuvieron un precio muy grande que pagar. No puedo imaginar mi vida cuidando a una personita que cuando sea adulta me podría culpar por no haber sido lo suficientemente buena madre, además que económicamente se hubiera llevado quizá el 90% de mis ingresos y tiempo y eso en cambio no se lo hubiera perdonado yo. Sin embargo, ahora que mis padres son ancianos y  tengo la bendición de tenerlos a mi lado, cuidarlos y mimarlos, me he dado cuenta que ser madre es hermoso.


Los roles cambiaron y ahora, después de haber sido por tantos años la consentida del hogar, me he convertido en el pilar de sus vidas. No hay mañana en que no entre a su habitación a verificar si despertaron bien, o en la madrugada entrar a su cuarto para constatar que su respiración es normal, desvelarme si enferman, cuidar su alimentación…Ahora, cada mañana, me levanto muy apurada para ordenar las cosas antes de ir a mi trabajo; lo primero que hago es darle sus medicamentos, dejar organizados los suplementos que deben tomar a través del día, salir a comprar el pan y el periódico (algo que hacía mi papá), pero sobre todo darles un gran abrazo y recibir su bendición antes de partir.

“Los ancianos son como niños” me dice la gente y en verdad que lo son, hay una inocencia en sus ojos, una dulzura en sus palabras, callan y esperan, ya no exigen ni ordenan, esperan con ansias tu regreso, así como cuando uno era niño y se emocionaba cuando papá y mamá llegaban. Se emocionan con golosinas, les encanta salir a pasear; aunque en ocasiones tienen esos berrinches de querer quedarse en casa y uno tiene que actuar como “padre” y obligarlos a bañarse, vestirse y salir con uno. Sonrío cuando leo esto, porque eso hacían ellos cuando yo de adolescente no quería salir.

Cuando viajo llevo a mis dos hijos conmigo, ellos dependen de mí, ellos confían en que yo les doy seguridad, en que los voy a proteger, en que no les voy a fallar; ellos, mis “súper héroes” me ven ahora como la heroína de sus vidas. Los veo cada vez más dulces, más lindos, más míos y sé que soy tan afortunada porque esta dicha que estoy viviendo no todos la pueden gozar. Mas sé también que no será eterna, que esta llama algún día se extinguirá, que esos brillantes y tiernos ojos algún día apagarán su brillo y ya no estarán conmigo, que partirán para quizá, si es que hay vida eterna, volverlos a encontrar. Pero el día que ellos no estén, haré como hacen las buenas madres que dejan partir a sus hijos a buscar nuevas oportunidades, a hacer su propia vida, los dejaré marchar libres sin ataduras a ese lugar donde sólo Dios sabe ellos irán, y finalmente, sabiéndolos felices y en paz, de seguro sentiré en mi corazón ese vacío que sienten las madres al ver “el nido vacío”, pero con la satisfacción del trabajo bien hecho, de la entrega dada con amor.
Entonces, que nadie me diga que no sé lo que es ser  madre, porque tengo dos hijos maravillosos, que no los parí, pero que en su vejez crecieron en mi corazón, siempre los amé y respeté, pero ahora los venero con toda mi alma.


miércoles, 23 de julio de 2014

"TERMINATOR" Y YO




Observando la película Terminator “La salvación”, con uno de mis actores favoritos: Sam Worthington, me he vuelto a enamorar de esos ojos azules que me quitan la razón. Y ahora no sé, si escribir de la película o de mi amor platónico lol. En realidad quisiera analizar un poco el mensaje que esta película acaba de dejar en mí (además de dejarme más enamorada que nunca de este maravilloso actor de ojos color cielo) en esta noche de insomnio.

Como ustedes ya saben es una película que juega con el presente, pasado y futuro. No quiero entrar en la sinopsis de la película, pero sí en el mensaje que una obra del séptimo arte nos puede dejar.

Una historia en la que el protagonista piensa que si los seres humanos nos comportamos como máquinas, no tiene sentido querer acabar con el dominio de ellas. Una historia en la que el “Terminator” tiene sentimientos humanos y me pregunto: Cuántas veces nosotros hemos actuado como máquinas, autómatas, a veces hasta sin sentimientos, ya que por el trabajo solemos olvidar a las personas que amamos, y cuántas veces una máquina tiene la función de nuestra memoria y corazón, que tiene que recordarnos el cumpleaños de un ser querido o ayudarnos a buscar una tarjeta cibernética ya escrita, porque ya no tenemos tiempo para pensar y decir todo aquello que está en nuestro corazón. Hace cuánto tiempo no escribes una carta con tu puño y letra (yo aún lo hago y me encanta) Hace cuánto tiempo dejamos escapar esa parte humana nuestra para dársela a una máquina, a un recordatorio artificial.

“Quiero encontrar al que me hizo esto” dice Marcus, el robot cuyo cuerpo humano fue donado a la ciencia para crear al “Terminator”.  Yo también quisiera encontrarlo, y decirle que un “like” no significa “te quiero” “te extraño” “te amo” “me gustas” que el Whatsapp no une grupos, los desintegra, que no hay mejor cosa que la palabra, que la persona, que el "tú" y el "yo".

En la película John O’Connor Dice: “Si nos vamos a comportar como máquinas, no tiene sentido luchar contra ellas”. No creo que la humanidad llegue al extremo de ver su vida en riesgo por un robot, pero sí veo el peligro de comportarnos como tales y que esto desmiembre familias, noviazgos, amistades, por la frialdad de un correo, de una pantalla, de un teléfono.

No estoy para nada en contra de la automatización, de hecho, la amo; las redes sociales me han ayudado a encontrar amistades que creía haber perdido, pero lejos del Skype, del whatsapp, del Facebook, para mí lo hermoso fue reencontrarlas en persona nuevamente y poderlas abrazar y demostrar lo importante que fueron, son y serán en mi vida.

Que la tecnología sea un instrumento para continuar nuestra vida humana, que los sentimientos se los sigan expresando mirando a los ojos, tocando las manos, no con íconos, stickers, figuritas… sino con tarjetas de verdad, con besos de verdad, con cartas de verdad. Demos un vistazo hacia atrás y observemos también lo que hubo de bueno en otras décadas. Yo aún me deleito cuando llega correo  a casa, debo admitir que casi nunca, porque más fácil es enviar un email.  Cómo serían esos amores de antaño? cuando las cartas demoraban meses en arribar y la persona esperaba fiel y enamorada al amor de su vida.

En fin, una tonta reflexión quizá es lo que me ha dejado esta película, que debo admitir si no fuera por Sam Worthington, no la hubiera visto. Pero así es el amor, entre suspiros observé a mi amor platónico representar a una máquina con sentimientos humanos. Y me pregunto, cuántos van por la vida de esta misma manera, viviendo como máquinas, como humanos sin corazón, como robots de carne y hueso.

Y termino con una frase de John Connor: “Somos nosotros quienes hacemos el destino” Así que amigos, no importa si las máquinas llegan a dominar el mundo, mientras quede un pequeño rastro de humanidad en nosotros, habrá un hermoso futuro por vivir.